martes, 29 de abril de 2014

2. La oficina






            Eran las 18:58 del día jueves. Sobre los apretados cubículos de la oficina se escuchaban un sinnúmero de tecleos como gotas de lluvia precipitándose contra un techo de lata. El agradable calor de cada uno de los ordenadores donde todas estas criaturas trabajaban sin descanso formaba el aire denso que se hallaba dentro de las oficinas. Cientos de ojos apuntando a sus pantallas mientras el constante redoble de tambores imprimía sus pensamientos en el papel tras la pantalla conformaban el paisaje.
            Enzo trabajaba hace diez años en el cubículo 00347-A, ese que quedaba a la derecha del 00346-Z y a la izquierda del 00347-B. El código de empleado de Enzo era M097452-0906DB-00347-A. El M097452 indicaba: si era hombre o mujer y qué número de empleado era desde el primero. El segundo, indicaba el tipo de contrato que tenía. DB significa que tenía el plan DB, encargado de hacer los reportes sobre los reportes que confeccionan los empleados clase DA, y que lo trabajaba 9 horas al día, 6 días a la semana. El 00347-A era en qué cubículo tenía asignado trabajar.
            Él tenía muy decorado su cubículo, muy a su gusto. Todo el resto de los cubículos tenían una pared color verde opaco, desteñido, pero Enzo no. Él lo mandó a pintar de un colorido verde opaco. Sobre su escritorio, tenía un hermoso retrato de un cubo gris. El archivero de metal ubicado a la entrada del cubículo, ese que le dificultaba la abertura de la puerta al entrar, estaba lleno de sus cosas favoritas: carpetas llenas hasta el borde con análisis sobre el nivel de gasto de la empresa, informes de avance de las tesis y proyectos de los empleados más nuevos, como el M097425-0906DF-00350-C o M097418-1007DF-00374-J. El basurero, una malla gris con un fondo cuadrado de madera pintada de negro estaba vacío. No era aceptado que los empleados tuvieran basura en sus basureros, ya que la basura es algo intolerable. Si se genera basura, no debe permanecer dentro del edificio y debe ser arrojado por el ducto específico para ello tras la puerta para salir del cubículo organizados con sencillas etiquetas: basura, desperdicios, desechos, objetos que su jefe ordenó que desecharan, basura-B y porquería. Incluso, tenían un hermoso uniforme: una chaqueta, corbata y camisa grises, con un pantalón gris. Debían usar también unos coloridos guantes grises. Lo que lo hacía mejor aún, era que los viernes eran casuales, y podían venir con una corbata un poco más gris que el resto de los días. ¡Imagina las posibilidades! Mientras tecleaba, su celular vibraba una y otra vez cuando le llegaban el sinnúmero de formularios que debía llenar cada media hora para medir su avance con respecto a la media hora anterior. Por esto y mucho más, Enzo adoraba su trabajo.
            De pronto, el continuo y monótono ruido de las teclas se vio interrumpido por un sonido estridente y muy agudo. Enzo despegó por primera vez en 9 horas su mirada de la pantalla y observó el cuadrado reloj negro de la pared. Habían dado la campana de las 19:00, era hora de irse a casa. El flujo constante de mensajes de internet, la innumerable cantidad de memos recogidos y almacenados por orden alfabético en su bandeja de entrada... todo se detuvo de golpe. El sonido que inundaba la oficina ya no era ni de teclas ni de timbres, sino del fuerte TIC TAC del reloj quien esperaba ansioso a los trabajadores del turno siguiente. Enzo se levantó de su cómoda silla ergonómicamente diseñada para no dañarle la espalda y se dirigió a la verde y opaca puerta recorrida por dos placas metálicas. Tomó el picaporte y lo giró suavemente. Abrió la puerta y salió por ella. Cerró la puerta tras de sí, escuchando aún el martilleo del reloj. Se detuvo un instante. No estaba viendo el pasillo.
            Estaba viendo el interior de su cubículo.
            Le echó la culpa al cansancio. Supuso que su mente le había jugado un truco, y que nunca salió realmente de su cubículo. Volvió a abrir la puerta y volvió a salir. Grande fue su sorpresa cuando la puerta se atascó con el archivero... del otro lado de la puerta. Asomó su cabeza y para su horror, ahí estaba su cubículo nuevamente. Se escurrió por la puerta. Para su beneficio, la empresa tenía un sistema para mantener a sus empleados en buena forma y delgados: no les daba comida. Gracias a esto, Enzo pudo pasar por la puerta y entrar nuevamente a su cubículo. Miró alrededor en busca de respuestas. Su mirada se posó en el reloj, cuyo sonido cada vez se escuchaba más monótono y molesto. Le sorprendió ver que el segundero se movía una vez hacia adelante y una vez hacia atrás. Una vez hacia adelante y una vez hacia atrás. Una vez hacia adelante y una vez hacia atrás. TIC. Eran las 19:00 con un segundo. TAC. Eran las 19:00 en punto. TIC. Eran las 19:00 con un segundo. TAC. Eran las 19:00 en punto. Encontró este acontecimiento extrañísimo. El empleado F097670-0607KS-01032-A era la encargada de chequear cada uno de los 1235 relojes repartidos por el edificio cada 37 minutos manteniéndolos revisados, en buen estado, con baterías y limpios.
            Enzo volvió a pasar por la puerta. Esta vez se asustó de verdad. No solo volvió a entrar en su cubículo, pero esta vez había una persona tecleando en su silla. Podía notar que era su cubículo. Era obvio que ese color verde opaco era diferente al de todo el resto de los cubículos del mismo color. Además, su retrato de un cubo gris era diferente a todos los retratos de cubo gris que tenían todo el resto de los empleados. ¡Era notoriamente más gris! Se acercó al hombre tras dar un paso. -"¿Qué haces en mi cubículo?" Le preguntó al extraño hombre. Éste no se inmutó, y siguió tecleando a la velocidad de la luz con los ojos totalmente pegados a la pantalla. Enzo fue y le tocó el hombro. El hombre dejó de teclear súbitamente. Miró hacia Enzo girando sólo la cabeza, dejando su cuerpo estático. Tenía la cara pálida y arrugada, unos ojos serios, el seño fruncido y la boca recta. Como una bala, el hombre se paró y salió corriendo del cubículo. Enzo quedó unos 4 TIC y unos 3 TAC del reloj ahí parado intentando procesar lo que había ocurrido.
            Miró al asiento y se encontró con una tarjeta rectangular gris, como la que él tenía para identificarse. La información era más o menos así:
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Nombre completo: BoB
N° de empleado: M000001-2407AA-00001-A
Trabaja hace: siempre ha trabajado
Nivel de lucidez: Crítico, código rojo
Comentario: debe ser encontrado cuanto antes. F000286-0106AB-00136-B lo ha descubierto mirando por la ventana. Ante la menor señal de avistamiento, debe ser eliminado inmediatamente.
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            ¡Qué afortunado! ¡Este hombre trabajaba 24 horas al día, los 7 días de la semana! Pensó. Pero todo su éxtasis se convirtió en odio cuando leyó el comentario. Enzo no lo podía creer. Se quedó atónito leyendo el cartón. A ese hombre lo estaban buscando. Toda la compañía estaba en su búsqueda para matarlo. Él había estado junto a él, lo había incluso tocado y... no lo mató. ¿Cómo era posible? Por primera vez había desconocido una orden de la empresa y había actuado por inercia propia. Le dio una extraña sensación en la columna vertebral, como si la temperatura descendiera. -"No". Se decía a sí mismo. Había defraudado a la empresa. Tenía que matar a ese hombre.
            Recorrió rápidamente las puertas. Entraba a su cubículo, y volvía entrar a su cubículo, y no podía salir. Abría una puerta, otra, otra, otra, otra, nuevamente, otra vez, y volvía a entrar en su cubículo. Y volvía a entrar en su cubículo. Finalmente, se quiso dar por vencido. Se arrojó a las grises baldosas del piso. Cerró los ojos. Y...
Sintió una corriente fría por debajo de la puerta.
            Se levantó rápidamente y la abrió. Entró nuevamente a su cubículo, pero esta vez... había una ventana en una de las murallas. Enzo se sorprendió. Era totalmente extraño. Parecía incluso como si estuviera superpuesta, como si no fuera real. Se quedó paralizado por unos 6 TIC y unos 7 TAC. Miró también que sobre su escritorio había una tarjeta. Era su tarjeta de empleado.
            Se dio cuenta que nunca se había dado el tiempo de leerla, así que la tomó y vio que decía.
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Nombre completo: Enzo
N° de empleado: M097452-0906DB-00347-A
Trabaja hace: 10 años
Nivel de lucidez: Bajo, mantener vigilado
Comentario: Su nivel de lucidez se ha mantenido en nulo por diez años. Sin embargo, el pasado miércoles dejó de teclear por 8.32 segundos para mirar al reloj. Otros sujetos similares no han presentado problemas, pero se recomienda vigilancia.
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            Miró a la ventana. Vio agua cayendo del cielo, generando un sonido contra la ventana similar al sonido que hacían las teclas. Miró su tarjeta nuevamente.
Nivel de lucidez: Medio, mantener constante vigilancia
            Miró nuevamente a la ventana. Observó qué tan alto estaba, y cómo, a lo lejos, se veían calles que conducían a aburridas casas de todos los colores: rojo, amarillo, verde claro y colorido... Sus ojos se depositaron en su tarjeta.
Nivel de lucidez: Alto, enviar seguridad
            Escuchó pasos viniendo fuerte a través de la puerta, pero no le importó. El TIC TAC del reloj aún se escuchaba, pero ya poco le importaba. Era primera vez en su vida que recordaba haber visto algo a más de dos metros de distancia. De pronto, tras la ventana, el agua dejó de caer y... cayendo desde el cielo, se formó un espectro luminoso. Una luz que inundó todo el cubículo. Enzo estaba mirando por primera vez un arcoíris. Miró su tarjeta una última vez.
Nivel de lucidez: Crítico, código rojo
            Mierda, se dijo a sí mismo. Sentía una curiosidad mortal por ver lo que había al otro lado. Quería comprobar y conocer con sus ojos y el resto de sus no usados sentidos qué era lo que había experimentado a través de esa ventana. Abrió la ventana.
Sacó la mitad del cuerpo.
Iba a saltar 100 pisos hacia el suelo.
...
No.
Se detuvo y volvió a entrar. No podía saltar así nada más, tenía que investigar primero qué era eso que había visto. Quizá afuera no habrían computadores a los que recurrir para resolver sus dudas y estaría destinado al desconocimiento eterno. No podía permitírselo. Salió por la puerta del cubículo para entrar a él nuevamente. Se había atenuado un poco el sonido de los pasos. Se sentó en el computador a buscar todo lo que podía. Tecleaba, y tecleaba, y tecleaba, como nunca antes había tecleado en su vida. Quería saberlo, quería averiguar qué era lo que había al otro lado. Los pasos de los guardias se hacían más fuertes, por lo que volvió a salir por la puerta, entró nuevamente a su cubículo y se puso a investigar nuevamente. Escuchó las pisadas de los guardias mucho más cerca, por lo que volvió a salir por la puerta y siguió investigando. Escuchó las pisadas de los guardias mucho más cerca, por lo que volvió a salir por la puerta y siguió investigando. Luego, escuchó las pisadas de los guardias mucho más cerca, por lo que volvió a salir por la puerta y siguió investigando. Posteriormente, escuchó las pisadas de los guardias mucho más cerca, por lo que volvió a salir por la puerta y siguió investigando...
            Había ya pasado 1 año desde que su travesía por su cubículo no paraba. El reloj seguía mostrando las 19:00 con un segundo y las 19:00 en punto. No había podido descubrir nada sobre aquella ventana. Su hermoso traje gris estaba hecho pedazos, al igual que sus zapatos, sus pantalones y el resto de las prendas. A pesar del asiento ergonómico, su espalda estaba por reventar.
Se rindió.
Enzo se negó a seguir buscando información, decidió que era hora de salir por esa ventana. Pero... ¿dónde estaba la ventana? Había entrado una y otra vez a su cubículo por un año, y no había vuelto a ver la ventana. No... era imposible... había malgastado un año de trabajo. Enzo cayó en la más gris de las desesperaciones. Nunca había gritado más fuerte. Sus destruidos dedos fatigados por el incesante tecleo fueron su herramienta para arrancarse los cabellos de la cabeza, mientras que sus incontrolados movimientos en el piso precipitaron al suelo el computador, el retrato y el archivero. El cubículo era un desastre. Fueron unos 10 TIC y unos 9 TAC de paz, cuando Enzo vislumbró un afilado pedazo de metal que se había desprendido del archivero. Lo tomó rápidamente y se lo enterró en el estómago. Se lo arrancó. Aún podía respirar. Se lo volvió a enterrar. Aún se sentía vivo. Se lo enterró nuevamente, esta vez en el pecho. No tuvo la fuerza suficiente para arrancárselo esta vez, y lentamente, Enzo cerró los ojos.
            De pronto, Enzo se sintió revitalizado. Fue como si toda la vitalidad que no había tenido en estos once años fuera recobrada de golpe. Abrió los ojos y se encontró nuevamente en su cubículo, tendido en el piso. Estaba todo ordenado, limpio, y funcionando. El reloj marcaba las 19:01. Enzo se levantó y se sentó en su silla feliz de descubrir que le quedaba mucho trabajo por hacer. Miró su tarjeta por última vez:
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Nombre completo: A quién le importa
N° de empleado: 9375927174917108574239359292389235935e982038508
Trabajó: 11 años
Nivel de lucidez: ya no importa
Comentario: Como todos los demás
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            Se relajó en su silla ergonómica, estiró sus dedos y se dispuso feliz a trabajar para siempre, ya que esa tortuosa etapa de la vida ya había concluido.


Alberto García 20/4/2014




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