Habían ya pasado unas cuatro horas
desde que hubiera intentado quedarse dormido. La habitación en la que se
encontraba estaba en absoluta penumbra, sin ningún ápice de la mas mínima
luminosidad del exterior. No hacía muchos años que Richard Tenshin, de descendencia
japonesa pero nacido y educado en Inglaterra, se había cambiado a este barrio.
Era un vecindario a las afueras de Londres; unos suburbios cerca de Hockley.
Muchos años peleó Richard para poder alejarse un poco de los regímenes de la
gran ciudad y poder regocijarse en la tranquilidad de una casa en los
suburbios. Sin embargo no estaba funcionando.
El insomnio era un acontecimiento ya
común para él, esa enfermedad que toma esa lucidez vertiginosa que convierte al
paraíso en un lugar de tortura y se planta en el subconsciente de alguien como
un parásito, y ni la más profunda de las meditaciones ni el más fuerte de los
medicamentos había sido capaz de sacarlo de su posición. No importaba cuánto
tiempo se oreara la habitación, el aire siempre estaba viciado. No importaba
cuán helado estuviera el exterior, siempre hacía un calor insoportable. No
importaba cuán silencioso esté el ambiente, siempre se escuchaban sonidos...
sonidos aterradores.
Con los ojos abiertos sobre su
almohada, con las sábanas y frazadas arrugados a los pies de la cama, con sudor
frío recorriéndole todo el cuerpo, se hallaba Richard, vestido con su delgado
pijama de algodón gris, con las manos sobre el estómago. Si bien en la
habitación no había ningún otro ruido que el tic tac del reloj, al estar la
pieza en oscuridad total Richard era capaz de distinguir sonidos de la
naturaleza que rodeaba su hogar. En el aburrimiento de su noche, podía escuchar
a las lechuzas, polillas y otros animales nocturnos en el exterior,
deleitándose con las maravillas de su mundo post-medianoche. Podía imaginarse
las flores iluminadas por las estrellas siendo sutilmente cobijadas con un
manto de rocío, generando gotas en las que se reflejaba todo el claro
firmamento. Imaginaba como los adoquines del jardín eran invadidos por pequeños
habitantes subterráneos que se regocijaban en estas aglomeraciones de humedad.
Y sentía como en las ventanas, empañadas con aliento, se gestaban los intentos
del inmaculado aire exterior por entrar y purificar la desapacible atmósfera
interior. Intentaba consolarse a sí mismo pensando cuánta gente dormía y perdía
todo este esplendor. Sin embargo, le era imposible creérselo.
Enciende el celular para observar la
hora y se sorprende al ver que son las cuatro de la madrugada. No había pegado
un ojo desde las doce. Intentó, como todas las noches mantener la calma
escuchando los hermosos sonidos del mundo exterior, pero no escuchó lo que
esperaba escuchar. Opacando el sonido de las aves e insectos, predominaba un
sonido diferente, algo que no era habitual. Richard oía pasos.
Se sentó sobre su cama sólo para
comprobar que esos pasos no venían de afuera...
Venían
de dentro de su casa.
Se incorporó rápidamente. Aún en la
oscuridad, tomó su pistola que siempre guardaba bajo su velador y le colocó el
cargador. Abrió cuidadosamente la puerta de su habitación y caminó por el
oscuro pasillo hacia la cocina... de donde venían aquellos misteriosos pasos. Esa
lenta caminata por el pasillo ha sido una de las cosas más agobiantes de su
vida. Con una pistola cargada en la mano, caminando por completa oscuridad para
encontrarte con algo desconocido dentro de tu casa a las cuatro de la
madrugada, totalmente solo a las afueras de la ciudad. Su pulso se elevó por
los aires. Asomó su cabeza a la cocina. Aunque estaba todo oscuro, podía sentir
que había alguien ahí; una persona. Podía escuchar cómo se abrían cajones y
cajones, mientras él estaba parado ahí. Posteriormente pudo vislumbrar una luz,
posiblemente de un celular: el hombre (o mujer) que estaba ahí estaba usando su
celular para darse luz y encontrar lo que buscaba. -"Un ladrón" Pensó
Richard.
Tomó un profundo, pero silencioso
aliento. Pisó fuerte sobre la cocina, apuntó la pistola hacia la persona y
encendió la luz.
Se le heló la sangre cuando se
encontró mirando al cañón de una pistola.
Era
un hombre, vestido con ropas cafés y con una bandana negra. Unos guantes negros
sostenían una pistola muy parecida a la de Richard. Fueron unos tensos diez
segundos donde ambos se apuntaban mutuamente, observándose, pero nadie se
atrevía a mover un músculo. Richard no podía dejar de mirar los ojos del otro
hombre, impactado. Estaban totalmente serios, sin ninguna clase de expresión;
como desafiantes. La luz del bombillo que los iluminaba se reflejaba de un
color verde clarísimo, nunca antes visto por Richard. No podía ser más
intimidante. Era la mirada de un asesino. Una mirada que lo atravesaba hasta el
alma, y le causaba un escalofrío que descendía por toda su columna. Este tipo
no estaba jugando ningún juego, esa mirada no era normal.
Con ambas pistolas fijas en su
sitio, Richard tomó la iniciativa de iniciar una conversación. -"¿Qué
haces en mi casa?" Preguntó con la mayor seriedad e inexpresión que pudo
haber modulado. El hombre misterioso hizo silencio. -"Te he hecho una
pregunta". Insistió Richard. -"Y yo no te la he respondido".
Dijo el hombre. Richard se sorprendió de forma violenta, definitivamente no era
la respuesta que esperaba. -"¿Acaso vienes a robarme?" Preguntó una
vez más. El hombre, aún inexpresivo respondió: -"No, vengo a plantar
flores". El intenso sarcasmo del hombre intimidó más aún a Richard. Decidió
en ese momento intentar hacerse el sabio y demostrar la mayor seguridad posible
en sí mismo.
-"No estoy de humor para que
vengas a mi casa a robarme y además a molestarme".
-"Perdón, -respondió el hombre-
la próxima vez me aseguraré de que no estés en casa para no molestarte".
Richard miró la chaqueta café del
hombre de reojo y observó que tenía la bandera de Estados Unidos. -"¿Así
que un gringo en Inglaterra... robando? Yo pensaba que los gringos siempre eran
los buenos."
-"Se encargan de hacer esa
propaganda muy bien" respondió el hombre.
-"¿La armada?" -"No,
-dijo secamente el hombre- estoy por mi cuenta".
-"¿Un delincuente de la calle?
¿Un pordiosero cualquiera?" Richard dudaba mucho en su mente antes de
pronunciar todas estas palabras de su boca, pero sabía internamente que no
podía mostrarse más débil que él.
-"¿Te parezco un delincuente de
la calle?" Dijo el hombre. -"No me das mucho de donde comparar".
Respondió Richard, quien quedó totalmente atónito con la siguiente palabra del
hombre: -"Exacto".
Este tipo no solo era un delincuente
con una habilidad discursiva muy desarrollada, sino que había pensado hasta en
su forma de vestir para ofrecer la menor evidencia posible de cualquier aspecto.
La bandera de Estados Unidos fue expuesta intencionalmente para que yo le
preguntara sobre ello y él poder guiar la conversación. Este tipo era un genio.
-"Sin embargo tú no eres un
habitante cualquiera" dijo el hombre. Richard escuchó lo que tenía que
decir el hombre. -"Vi tus premios de karate al entrar a la casa.
Seguramente debes tener cierta maestría. Es una lástima que en más de diez
campeonatos, sin embargo, no hayas obtenido ningún primer lugar. Creí que los
asiáticos eran mejores para todo." Richard podía notar como su moral
disminuía, hasta el punto de querer descontrolarse y abalanzarse sobre ese
hombre.
Se retomó el silencio por un par de
segundos. Cuando Richard estaba intentando recuperar su compostura, sin
embargo, se percató de algo. El marcador de las balas de su pistola estaba
totalmente arriba: el cargador estaba vacío. Con lo apresurado de su salida de
la habitación, no se tomó ni siquiera el tiempo de corroborar que su cargador
estuviera debidamente cargado. El resultado: estaba en frente de un asesino
veloz de mente con una pistola para asustar.
Se concedió un tiempo para pensar, a
pesar de lo difícil que le era concentrarse con esos ojos observándolo. Sin
embargo, en esos ojos encontró la respuesta. Era cosa de que se desviara su
atención un segundo para poder abalanzarse sobre él y desarmarlo, gracias a sus
conocimientos de karate. Ingenió un plan donde le comentaría sobre algo que él
no poseía. Quizá decir "¿Y qué hay con letras coreanas al costado de tus
pantalones? ¿Qué significan?" El hombre posteriormente afirmaría que no
hay letras coreanas a un lado de su pantalón. En ese momento, Richard
insistiría y el hombre miraría sus pantalones a ver a qué se refiere. Desde ahí,
todo sería muy rápido.
Richard tomó aliento.
-"¿Qué significan esas letras
coreanas al lado de tu pantalón?"
-"¿¡ME CREES UN IMBÉCIL!?"
Gritó el hombre con una voz gravísima y muy rugosa. Había predicho todo el plan
de Richard en menos de un segundo. Aquí, Richard encontró otra acción que
estaba llevando a cabo el hombre: había mantenido el volumen de su voz bajísimo
todo el tiempo. Ahora, al gritar, sus palabras tuvieron una repercusión
devastadora en Richard: lo hicieron estremecerse y comenzar a temblar. El miedo
consumía a Richard.
-"¿En serio? ¿Eso es todo?
¿Fallar y ya? ¿No es hora entonces de que te suicides o algo así antes de
perder tu honor Asiático de mierda?" -"¿Y no es hora de que vayas a
invadir algún país para robarse su petróleo gringo de mierda?" respondió
rápidamente Richard. El hombre se quedó completamente callado. Punto para
Richard... o al menos eso pensó.
-"Deberías tenerle más respeto
a un hombre con un arma" dijo el hombre, "sobre todo si la tuya no
tiene munición". Richard respiró sorprendido, y no pudo evitar que un
-"Ah.." saliera de su boca. El hombre rió.
-"¿Qué intentas? -preguntó
Richard- ¿Tú crees que habría venido hasta aquí sólo para asustarte con una
pistola sin munición?" -"No lo hubiera creído posible, daba por
sentado que eras mucho más inteligente de lo que me has demostrado". La
capacidad discursiva de este hombre desconcertaba cada vez más a Richard. Este
ladrón era un auténtico genio.
-"¿Buscas algo en
especial?" Preguntó Richard. -"Te sugiero que no me cambies de tema y
me digas de una vez por todas un sólo motivo para no matarte en este momento."
-"Los vecinos escucharían"
Dijo Richard, arrepintiéndose al segundo de haberlo dicho.
-"¿Vecinos? Vives a centenares
de metros de la casa más cercana. Vamos, puedes hacerlo mejor que eso".
-"Irías a la cárcel"
-"Me decepcionas, Richard. Yo
aseguraba que esto iba a ser un desafío, pero has resultado ser una de mis
víctimas más débiles."
Richard pensó por un segundo y se le
ocurrió una idea. Era extremadamente arriesgado, pero en esta situación, no
pudo pensar en otra cosa.
-"No hay razón para que no me
dispares, pero no puedes hacerlo". El hombre levantó una ceja.
-"Exactamente -continuó Richard- no tienes ninguna razón para dejarme
vivir. Con el plomo de la muerte podrías arrancarme los sesos a dentelladas,
pero no lo has hecho aún. Es símbolo de que no puedes hacerlo. Tú tampoco
tienes munición." El hombre miró a Richard unos cinco segundos. Luego,
dejó caer al piso su pistola.
-"Debería aplaudirte. Sí eres
tal como te pintaban. De temperamento fuerte e inquebrantable. Pero aún no te
das cuenta de quién soy."
¿Cuenta de quién es? ¿Porqué debería
Richard conocer a ese hombre? ¿Se había topado alguna vez con él? ¿Habían
compartido en alguna circunstancia?
-"Richard, no pelees. Sé todo
sobre ti. Hemos compartido innumerables horas cada noche. Si no lo has podido descifrar
aún, te informo que yo soy cada una de las gotas de sudor que creas cada noche,
soy cada uno de los parpadeos que te inducen a pensar que estás en otro lugar,
soy cada una de las respiraciones de ese aire de mierda que respiras en tu
habitación, soy todos y cada uno de los sonidos del exterior de tu alcoba, soy cada
monstruo bajo tu cama y tras tu cortina peleando por poder alcanzarte y robar
tus pensamientos, soy cada pensamiento, cada novela, cada retrato que corre por
tu cabeza a altas horas de la madrugada, Richard. Yo soy tu malestar, yo soy la
causa de tu tortura cada santo día; yo soy tu insomnio."
Richard mantuvo silencio.
-"¿No logras entenderlo? Soy
totalmente inofensivo. ¡Tú me has creado! ¡Todo lo que soy, lo soy gracias a ti!
Cada grito de tu maestro de karate, cada dedo apuntándote, a tus ojos, desde
que llegaste a este mundo... me he estado formando para convertirme en lo que
soy desde la primera vez que miraste televisión. Cada medicamento sólo me ayuda
a fortificarme, ya que tu mismo deseo, ese desesperado deseo tuyo de que cada
droga sea efectiva me ayuda a destruirla. Richard, no me combatas más."
Richard estaba atónito.
-"Que... qué quieres de mí" tartamudeó.
-"No hay mejor forma de pelear
contra el insomnio que olvidarte de él. ¡Olvídalo todo! Yo estoy finalmente
completo. Han sido unas hermosas décadas que me has regalado, y hoy, estoy
dispuesto a dejarte. Sólo debes ir y dormir. Todo está en tu mente, Richard".
Richard retrocedió lentamente. No
podía creer lo que estaba ocurriendo. En el camino a su cama, ese camino que
antes recordó como una de las experiencias más agobiantes de su vida entera,
logró decodificar lo que era esa criatura. Cada vez que Richard peleaba contra
algo, un ápice recesivo de un recuerdo se depositaba en su subconsciente. Años
de exigencias, discriminaciones y durezas habían transformado su mente en un
manojo de atrocidades feroces, dispuestas a mantenerlo en vela por décadas.
Cada vez que Richard intentaba resolver el problema, más grande se hacía, más
problemas causaba, más dinero le costaba y más tiempo consumía.
Entró a su habitación como nunca
antes había entrado. No estaba temblando, no tenía miedo de dormir. Se acostó
sobre su cama. Ya no se acobijó con mortajas, pero con sábanas. Apoyó su cabeza
no sobre un caldero, pero sobre una cómoda almohada de pluma. El roce de sus
manos no eran el de lijas, eran el de unas acolchadas texturas suaves y
delicadas. Richard estaba totalmente apacible. Era una noche perfecta. A medida
que sus ojos se iban cerrando con total autonomía, los sonidos exteriores se
silenciaron, el aire se convirtió en una apacible brisa de verano, a un clima
tan agradable como el de estar acostado sobre el césped, bajo el cálido
resplandor de un sol primaveral. Sus dolencias desaparecieron, al igual que sus
problemas. Richard sonrió, y en menos de un minuto, cayó profundamente dormido.
Los primeros rayos del sol
atravesaban de manera hermosa la habitación. Era un espectáculo de luces
impresionante. Las hojas de los árboles se mecían al son del viento, haciendo
bailar a los rayos de sol dentro de la habitación. Richard abrió los ojos. Se
sentó en su cama. Se restregó los ojos y se estiró como nunca antes. Era una
mañana perfecta. Miró su reloj: las once de la mañana. Si bien no había podido
dormir mucho tiempo (unas 7 horas y media) se sentía totalmente vivo,
revitalizado.
Su estómago cruje. Con los ojos
entrecerrados y con una sonrisa jamás antes dibujada sobre su rostro, sale de
su habitación, disponiéndose a tomar desayuno.
Sin embargo, se quedó quieto en la
puerta. Su casa estaba vacía.
No quedaba ningún mueble. Habían
cuadrados de colores donde estaban los cuadros, círculos sin suciedad donde
estaban los trofeos. Todos los cajones abiertos.
Lo
único que quedaba en la casa eran dos cajas de pastillas para dormir en el piso
de la cocina.
-"Gringo de mierda" Dijo
Richard.
Alberto García 21/06/2014

