jueves, 23 de octubre de 2014

5. El Frío Café




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"Yo no tengo la culpa de que la vida se nutra de la virtud y del pecado, de lo hermoso y de lo feo"
Benito Pérez Galdos


***

               Que atroz era este sentimiento. Era como si estuviera viviendo fuera de mí, como si toda la realidad que me rodeaba fuera un sueño; una pesadilla, mas bien. Colores y figuras daban vueltas a mi alrededor, mientras yo, mareado, luchaba por mantenerme siquiera de pie. Caminaba rápido por las calles oscuras. Unos 10 minutos habían pasado desde el atardecer, y esto generaba ese cielo mezclado con tintes anaranjados, rojos y azules que tan siniestra hacían parecer a la ciudad. Las calles estaban atestadas de gente, gente que caminaba en línea recta; no como yo. Yo zigzagueaba por la vereda, golpeando a gente con maletas y maletines, quienes me tomaban por una persona borracha, me hacían a un lado con la mano y decían -"¡oye! Ten cuidado, imbécil".
            Vi a mi derecha un cyber-café, y entré. Abrí la puerta de vidrio y me senté torpemente en la primera silla de la que pude afirmarme. La delicada silla casi sucumbe ante la descomunal fuerza con la que me senté, pero sólo se deslizó un poco hacia atrás mientras yo caía como un muñeco de trapo de ochenta kilos. Me incliné hacia adelante, puse ambos codos en la mesa y me comencé a restregar los ojos con los dedos; ¡cómo me dolía la cabeza! No habían pasado dos minutos cuando sentí una voz. En ese momento no sabía si era de una mujer hombrada o de un hombre afeminado.
-"¿Se va a servir algo?".
Yo ni siquiera la (o lo) miré. Seguía restregándome la cara con las manos.
-"S... Si". Le dije tartamudeando (sabes que estás muy jodido cuando no puedes ni siquiera decir "si" correctamente).
-"Tenemos el combo de una taza de café con una rebanada de..." -"¡Si!" -la interrumpí- "sí, eso mismo solo... tráigame eso." Le dije. No había escuchado absolutamente nada de lo que dijo. Podría haberme ofrecido cualquier cosa y yo le hubiera dicho que sí. Podría haberme preguntado que sabor de torta quería y le hubiera dicho que sí.
-"Em... claro... volveré en seguida" dijo la voz, y escuché unos pasos alejándose.
            La temperatura dentro del café era agradable. Sentía un calor que venía de mi derecha, pero no había abierto los ojos como para saber si venía de una calefacción o de la cocina, o de otra fuente. Hubo un instante donde me puse a escuchar el sonido del reloj. ¿Estaba acaso roto? Nunca había escuchado un tic tac tan rápido. Estaba demasiado acelerado. Era como si estuviera marcando medios segundos. Como si tuviera furia. Saqué mi celular y lo desbloqueé. Por primera vez abrí mis ojos, sólo para ver el reloj del celular, y para darme cuenta de que los segundos iban igual de rápido. Mi percepción del tiempo estaba totalmente distorsionada.
            -"Aquí tiene señor" Me sobresalté. ¿Habían pasado ya dos minutos? ¡Pero si le acababa de decir que si hace nada! De todas formas, me di cuenta que había comenzado a quedarme dormido. Vi como dejó la tasa de café junto a una rebanada de algo; parecía una torta de manjar de mil hojas. Por primera vez vi a la persona, y resultó ser un hombre. Debía medir un metro setenta, tenía una camisa a cuadros negra con una camiseta blanca. Tenía el cabello alborotado, pero curiosamente se veía peinado. Quizá era una especie de moda europea.
-"Aquí tiene azúcar y endulzante, si necesita". Dijo mientras me pasaba una tabla con un jarro metálico, una caja de pastillas de sucralosa y una botellita de gotas de stevia. Su voz ya no parecía tan afeminada como percibí en un comienzo, quizá había sido solo parte de mi inestabilidad mental al momento de ingresar al café.
-"Gracias" le dije. Y el hombre se fue. Intenté tomar la tasa, pero mi mano temblaba con tanta intensidad que me fue imposible levantarla (si lo hacía, habría derramado más de la mitad del café sobre la mesa y mi ropa). Luego intenté tomar la cuchara. La levanté, la sumergí en el café, y la moví hacia mi boca sólo para darme cuenta que la cuchara ya estaba vacía; se me había caído todo en el trayecto. Miré a la mesa y estaba embarrada con café. Intenté sacar unas servilletas del centro de la mesa, pero las saqué todas. Luego, cuando intenté devolverlas se me cayó la cajita de metal donde estaban metidas, haciendo un estruendoso ruido y dejando la mitad de las servilletas desparramadas por el piso y la mesa. Luego, tiré las servilletas que me quedaban en la mano sobre las manchas de café y me dispuse a tomar otra cucharada. Tomé la cuchara, la sumergí en el café y me la llevé a la boca. Un dolor horrible me golpeó, mientras el café hirviendo me quemó los labios y la lengua. Tiré la cuchara y escupí el café sobre la tasa. Me llevé las manos a la boca unos 10 segundos, y luego decidí comerme la rebanada de torta; estaba deliciosa. Puse los codos sobre la mesa y me llevé las manos a la cara. Nuevamente comencé a quedarme dormido.
            -"Oye, ¿te sientes bien? Estas muy pálido". La voz provenía del hombre que me estaba atendiendo. -"Tenemos agua de hierbas, si necesitas".
            -"No, no, estoy bien" le mentí, "gracias".
            -"Hombre, ¡no se puede diferenciar una hoja de papel de tu piel! No me conviene tener clientes enfermos en mi local, hace más denso el ambiente para los otros clientes. Dime, ¿qué anda mal?"
            -"¿En mi local?" le pregunté, "¿eres el dueño?".
            -"Así es" Dijo, "y no me gusta tener clientes tristes, enfermos o decaídos. Anda, ¿quieres hablar?"
            Miré hacia el lado. -"No" le dije.
Tomé la tasa de café para tomar un sorbo. Esta vez sí llegue a la boca, pero el café estaba frío y sin azúcar. ¡Qué desagradable!
            -"¡Vamos hombre!" Insistió el dueño, mientras acercaba una silla de la mesa adyacente hacia mi mesa. -"¿Te hace sufrir una mujer?"
            Titubeé unos segundos, y le dije -"Si, pero no por amor".
            -"Entonces, ¿qué ocurre? ¿Has perdido a alguien?"
            -"Si, pero no recientemente"
            -"¿Tienes problemas económicos?"
            -"Si, pero no me afecta"
            -"¿Te diagnosticaron alguna enfermedad?"
            -"Si, pero no tiene nada que ver con mi pesadumbre actual"
            -"¿Te has llevado una decepción de parte de alguien?"
            -"De mucha gente, pero ya me he acostumbrado"
            -"¿Me vas a decir que te ocurre?" Me dijo finalmente.
            Tomé otro sorbo del café frío y sin azúcar, y tras un gesto de asco, le dije:
            -"Bueno, he cometido un crimen" Confesé finalmente.
Pude notar un cambio de actitud en el hombre. Se distanció un poco, cambió un poco su actitud de persona simpática  a una actitud más defensiva.
            -"¿Un crimen?" Me preguntó sorprendido.
            -"Bueno, no es legalmente un crimen" le dije, "pero lo fue para mí".
            -"Pero... ¿se puede saber lo que has hecho?"
            -"Si se puede saber, pero no te lo diré" Le dije.
Hubo un momento de silencio. Se notaba que el hombre se sentía incómodo. Yo pensé en agregarle un poco de azúcar al café, pero en verdad me daba vergüenza el hecho de que él ya me la había ofrecido y yo no le había puesto, así que... no le puse y tomé otro desagradable y amargo sorbo.
            -"¿Eres de por aquí?" Dijo el hombre cambiando de tema.
Yo en verdad sí tenía ganas de decirle lo que había hecho, ¡Ay que tenía ganas!, pero no podía.
            -"Cambiar de tema no me va a alegrar el día" Le dije.
            -"Bueno, ¿y hacer un nuevo amigo tampoco?" me respondió.
            -"Lo único que me puede mejorar sería poder convencer a alguien de que no siga mis pasos. He hecho algo tan horrible, tan cruel, tan despiadado... me está comiendo por dentro." Le dije finalmente. Era la verdad, toda la verdad. Eso era lo que sentía, o más, eso era, ¡eso!
            -"¿Pero es que has atropellado a alguien?" me dijo asustado.
            -"No manejo" le dije.
            -"¿Has torturado a algún animal?" insistió.
            -"He matado a muchas moscas y zancudos, pero fuera de eso nada" le dije.
            -"¿Es que has matado a un bebé ahogándolo con la almohada?"
            -"No me pueden importar menos los bebés, no gastaría mi tiempo ni arriesgaría mi libertad haciendo algo así"
            -"Has robado" dijo finalmente.
            Bueno, no había exactamente robado, pero así lo sentía. No le había achuntado exactamente, pero era algo similar, pero mucho peor. ¡Vaya que era algo peor!.
            -"Parecido, o peor" le dije. ¡Eso le dije!
            -"Le has robado a alguien y... ¿y qué tiene que ver con cómo te sientes ahora?" El hombre estaba muy confundido.
            -"No le he robado a nadie, pero me he aprovechado de un error".
            -"¿Estafaste a alguien entonces?" me dijo.
            Asentí con la cabeza.
Ahí fue cuando el camarero y dueño del local improvisó su gran sermón.
            -"Mira hijo, el mundo en el que vivimos está gobernado bajo un régimen capitalista. ¡Es una selva! Sólo el más despiadado sobrevive en un régimen como este. Uno debe ser firme, aprovecharse cuando puede pero sin llegar a herir a otras personas o salirse de la ley. ¡Mira a los políticos por Dios! No es que sean necesariamente malas personas, pero se encargan de aprovecharse de otros. Es su oficio, y está bien. Es parte del régimen. No sacas nada con estar en contra del régimen si vives en él. Aprende a usarlo para tu beneficio. No estoy diciendo que esté bien estafar, pero no te puedes derrumbar por ello."
            -"Intento convencerme de eso" le dije.
            -"Pero es que debes hacerlo. Porque..." Comenzó a hablar, y a hablar. Debió haber hablado unos cinco minutos seguidos, ya lo había dejado de escuchar.
            Finalmente lo interrumpí y le dije: -"Tu seguramente sabes mucho de esto, ¿no?"
            El hombre quedó sorprendido de mi respuesta. -"No entiendo lo que quieres decir."
            -"Claro que sí" le dije, "eres el jodido dueño de un cyber-café. Debes aprovecharte mucho de tus clientes, debes ser un empresario. Debes pagarle poco a tus empleados, debes tratar bien a tus clientes para que vuelvan y paguen más y más. Estoy seguro que cada vez que me miras, no puedes dejar de ver el símbolo del dólar en mis ojos. Tu alma debe ser un bloque de acero, una pared de cemento, una caja fuerte."
            El hombre me miro horrorizado y dijo: -"Yo sí soy un empresario, pero no soy ningún tirano, ni estafador, ni aprovechador. Sólo soy un hombre que quiso ganar dinero arrendando un local".
            Lo miré con ojos indiferentes, como si no me hubiera llamado nada la atención de lo que había dicho. Luego agregué: -"Supongo que es cierto, mientras no pienses en ello, no te puede atormentar. ¡Qué lástima que yo te haya hecho pensar en ello!"
            Se quedó paralizado; pensando. Quizá sufriendo. ¡Qué sé yo! Esperé unos incómodos 10 segundos, tomé del desagradable café nuevamente y le dije: -"A que te pasan por la cabeza todas las artimañas que hiciste hoy para ganar más dinero".
***
            El dueño del cyber-café quedó perplejo. Ese cliente le había hecho darse cuenta en lo que se había convertido. En un pasado no muy lejano él era una persona ordinaria, un empleado más; pero ahora se había convertido en su propio jefe. Esto le daba muy buenas remuneraciones, pero se dio cuenta por primera vez que nunca estaba satisfecho. Su búsqueda por ganar más dinero siempre le había cerrado sus ojos a su personalidad actual, a ese animal rabioso oculto detrás de su frente y que se fuma los billetes como pasta base: nunca son suficientes y cada vez se quieren en más cantidad y con más intensidad. Luego de 5 años atendiendo, había abierto los ojos. Se había convertido en un tirano, un estafador, un aprovechador, sin darse cuenta.
            Dejó sin despedirse la mesa del cliente, corriendo; de paso derramando lo que le quedaba de café. Se abalanzó sobre la caja registradora, le pegó un puñetazo a los botones para abrir la caja donde guardaba los billetes de forma muy desordenada y sacó un billete de diez mil pesos. Salió del local casi rompiendo la puerta de vidrio y gritó a todo pulmón: -"¡Señora!". Todos en el local voltearon la cabeza. También la gente de la calle detuvo su automatizado caminar por unos segundos mientras duraba el sonido para ver de dónde venía. El dueño había gritado tan fuerte que una flema bastante chillona y hasta chistosa se había escapado durante su grito.
            De todas las personas que se voltearon ante el sonido, había una señora de unos 70 años, con el cabello blanco despeinado, tapado hasta la parte superior de la cabeza con una capucha de lana con franjas naranjas y carmesí. Llevaba un abrigo café muy largo, hasta los tobillos, que nada iba con la personalidad que su cara demostraba. Su atuendo la hacía parecer una persona altiva y soberbia, mientras que su rostro tenía una sumisa sonrisa, muy verdadera y de corazón, como si en verdad estuviera muy tranquila, serena y en definitiva... feliz.
            El dueño se le acercó, se inclinó para estar a su altura y le pasó el billete.
            -"Lo siento" dijo el dueño "usted me ha pagado con este billete un café, y yo le di vuelto como si me hubiera pagado sólo con mil." La señora inclinó la cabeza, sin perder su sonrisa. El dueño prosiguió -"Lo que lamento más es que no fue intencional. Lo hice con maldad, con mucha malicia. La he engañado. He intentado estafarla y me ha funcionado, y no es primera vez que lo hago. Pero ¡ay de mí que será la última! Que me parta un rayo, que le quiebren la espalda a mi madre y a toda mi familia, ¡y a mí! Si es que le estoy mintiendo. ¡He robado! ¡He robado! ¡He robado!"
            La señora tomó el billete sin hacer ningún sonido, y lo guardó con sus débiles manos en su pequeña cartera. Luego, miró al hombre, manteniendo su cara de felicidad y dijo: -"Gracias, buen hombre".
            El dueño se sintió mal. Esperaba que la señora se enojara, que actuara de mala manera. Pero no. Ahí estaba. Serena. Sin perturbarse por nada. Eso era lo peor que le habían hecho.
            -"¡Pero enójese señora! ¡Golpéeme con su cartera! ¡Rómpame la puerta de vidrio! ¡Tenga furia! Por favor, con esa actitud serena que posee no siento como si hubiera enmendado mi error, no me siento conforme, no me siento completo. Encima de todo me califica de... ¿Buen hombre? No, claro que no, absoluta y definitivamente no. No soy nada parecido a eso, ni cercano; ni lejano tampoco, sino que muy, demasiado alejado de esa definición. Soy cruel, soy malvado... soy un estafador."
            -"Una disculpa así no la puede dar un hombre cruel, o malvado, o estafador. Hijo, tranquilo. Yo siempre he dicho que el pecar no es un pecado tan grave. ¿Lo has pensado? Todos somos malvados cuando lo necesitamos, y somos buenos cuando no necesitamos ser malvados. En vez que esperar que te pisoteen en el suelo por tus errores, intenta aprender de ellos, y sacarles provecho". "Que vieja más sabia era esa" pensó el dueño para sus adentros.
            Se separaron y se despidieron. Pasó un segundo y la señora gritó -"¡Ya nos vamos!" El dueño se dio cuenta por primera vez que la señora no andaba sola. ¿Quién la estaría acompañando? Seguramente había escuchado todo lo que habían dicho, así que si era un hombre musculoso vendría y le daría una paliza. Si era un adolescente le rompería todos los vidrios del local. Si era una mujer lo rociaría hasta intoxicarse con un spray de pimienta. Es verdad que le había dicho a la señora que quería que lo golpeara y que le rompiera los vidrios, pero fue en un momento de euforia que ya había pasado. Una ansiedad enrome se apoderó de él, mientras que intentaba, con esfuerzo, ver de dónde se levantaba una persona para ir donde la señora.
            Se levantó un hombre muy grande, muy musculoso de una mesa. "Ay no" pensó el dueño, "me va a dar una paliza". pero el hombre salió del local, ignorando a la señora. No era ese.
            Se levantaron tres adolescentes de una mesa. Tenían peinados curiosos. "Ay no" pensó el dueño, "¡me van a romper todos los cristales!". Pero los adolescentes salieron del local, ignorando a la señora. No eran ellos.
            Se levantó una dama de unos veinticinco años, con un vestido muy apretado. "Ay no" pensó el dueño "me va a rociar con un spray de pimienta o algo así". Pero la mujer salió del local, hablando por teléfono, ignorando a la señora. No era ella.
            Entonces... ¿Con quién andaba la señora?
Al instante siguiente, se levantó el hombre que había estado hablando con el dueño. El hombre que se estaba tomando el café, y lo había hecho abrir los ojos. Caminó hacia afuera del local y se colocó al lado de la señora.
            -¿Nos vamos? Preguntó el hombre. -"Nos vamos" dijo la señora, y ambos salieron a la calle y se perdieron tras la esquina.
            El dueño del local se quedó petrificado mirando a la esquina, con la boca abierta pero sin respirar, mientras sentía cómo se le helaba la sangre.

Alberto García 10/09/2014

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