jueves, 23 de octubre de 2014

5. El Frío Café




***

"Yo no tengo la culpa de que la vida se nutra de la virtud y del pecado, de lo hermoso y de lo feo"
Benito Pérez Galdos


***

               Que atroz era este sentimiento. Era como si estuviera viviendo fuera de mí, como si toda la realidad que me rodeaba fuera un sueño; una pesadilla, mas bien. Colores y figuras daban vueltas a mi alrededor, mientras yo, mareado, luchaba por mantenerme siquiera de pie. Caminaba rápido por las calles oscuras. Unos 10 minutos habían pasado desde el atardecer, y esto generaba ese cielo mezclado con tintes anaranjados, rojos y azules que tan siniestra hacían parecer a la ciudad. Las calles estaban atestadas de gente, gente que caminaba en línea recta; no como yo. Yo zigzagueaba por la vereda, golpeando a gente con maletas y maletines, quienes me tomaban por una persona borracha, me hacían a un lado con la mano y decían -"¡oye! Ten cuidado, imbécil".
            Vi a mi derecha un cyber-café, y entré. Abrí la puerta de vidrio y me senté torpemente en la primera silla de la que pude afirmarme. La delicada silla casi sucumbe ante la descomunal fuerza con la que me senté, pero sólo se deslizó un poco hacia atrás mientras yo caía como un muñeco de trapo de ochenta kilos. Me incliné hacia adelante, puse ambos codos en la mesa y me comencé a restregar los ojos con los dedos; ¡cómo me dolía la cabeza! No habían pasado dos minutos cuando sentí una voz. En ese momento no sabía si era de una mujer hombrada o de un hombre afeminado.
-"¿Se va a servir algo?".
Yo ni siquiera la (o lo) miré. Seguía restregándome la cara con las manos.
-"S... Si". Le dije tartamudeando (sabes que estás muy jodido cuando no puedes ni siquiera decir "si" correctamente).
-"Tenemos el combo de una taza de café con una rebanada de..." -"¡Si!" -la interrumpí- "sí, eso mismo solo... tráigame eso." Le dije. No había escuchado absolutamente nada de lo que dijo. Podría haberme ofrecido cualquier cosa y yo le hubiera dicho que sí. Podría haberme preguntado que sabor de torta quería y le hubiera dicho que sí.
-"Em... claro... volveré en seguida" dijo la voz, y escuché unos pasos alejándose.
            La temperatura dentro del café era agradable. Sentía un calor que venía de mi derecha, pero no había abierto los ojos como para saber si venía de una calefacción o de la cocina, o de otra fuente. Hubo un instante donde me puse a escuchar el sonido del reloj. ¿Estaba acaso roto? Nunca había escuchado un tic tac tan rápido. Estaba demasiado acelerado. Era como si estuviera marcando medios segundos. Como si tuviera furia. Saqué mi celular y lo desbloqueé. Por primera vez abrí mis ojos, sólo para ver el reloj del celular, y para darme cuenta de que los segundos iban igual de rápido. Mi percepción del tiempo estaba totalmente distorsionada.
            -"Aquí tiene señor" Me sobresalté. ¿Habían pasado ya dos minutos? ¡Pero si le acababa de decir que si hace nada! De todas formas, me di cuenta que había comenzado a quedarme dormido. Vi como dejó la tasa de café junto a una rebanada de algo; parecía una torta de manjar de mil hojas. Por primera vez vi a la persona, y resultó ser un hombre. Debía medir un metro setenta, tenía una camisa a cuadros negra con una camiseta blanca. Tenía el cabello alborotado, pero curiosamente se veía peinado. Quizá era una especie de moda europea.
-"Aquí tiene azúcar y endulzante, si necesita". Dijo mientras me pasaba una tabla con un jarro metálico, una caja de pastillas de sucralosa y una botellita de gotas de stevia. Su voz ya no parecía tan afeminada como percibí en un comienzo, quizá había sido solo parte de mi inestabilidad mental al momento de ingresar al café.
-"Gracias" le dije. Y el hombre se fue. Intenté tomar la tasa, pero mi mano temblaba con tanta intensidad que me fue imposible levantarla (si lo hacía, habría derramado más de la mitad del café sobre la mesa y mi ropa). Luego intenté tomar la cuchara. La levanté, la sumergí en el café, y la moví hacia mi boca sólo para darme cuenta que la cuchara ya estaba vacía; se me había caído todo en el trayecto. Miré a la mesa y estaba embarrada con café. Intenté sacar unas servilletas del centro de la mesa, pero las saqué todas. Luego, cuando intenté devolverlas se me cayó la cajita de metal donde estaban metidas, haciendo un estruendoso ruido y dejando la mitad de las servilletas desparramadas por el piso y la mesa. Luego, tiré las servilletas que me quedaban en la mano sobre las manchas de café y me dispuse a tomar otra cucharada. Tomé la cuchara, la sumergí en el café y me la llevé a la boca. Un dolor horrible me golpeó, mientras el café hirviendo me quemó los labios y la lengua. Tiré la cuchara y escupí el café sobre la tasa. Me llevé las manos a la boca unos 10 segundos, y luego decidí comerme la rebanada de torta; estaba deliciosa. Puse los codos sobre la mesa y me llevé las manos a la cara. Nuevamente comencé a quedarme dormido.
            -"Oye, ¿te sientes bien? Estas muy pálido". La voz provenía del hombre que me estaba atendiendo. -"Tenemos agua de hierbas, si necesitas".
            -"No, no, estoy bien" le mentí, "gracias".
            -"Hombre, ¡no se puede diferenciar una hoja de papel de tu piel! No me conviene tener clientes enfermos en mi local, hace más denso el ambiente para los otros clientes. Dime, ¿qué anda mal?"
            -"¿En mi local?" le pregunté, "¿eres el dueño?".
            -"Así es" Dijo, "y no me gusta tener clientes tristes, enfermos o decaídos. Anda, ¿quieres hablar?"
            Miré hacia el lado. -"No" le dije.
Tomé la tasa de café para tomar un sorbo. Esta vez sí llegue a la boca, pero el café estaba frío y sin azúcar. ¡Qué desagradable!
            -"¡Vamos hombre!" Insistió el dueño, mientras acercaba una silla de la mesa adyacente hacia mi mesa. -"¿Te hace sufrir una mujer?"
            Titubeé unos segundos, y le dije -"Si, pero no por amor".
            -"Entonces, ¿qué ocurre? ¿Has perdido a alguien?"
            -"Si, pero no recientemente"
            -"¿Tienes problemas económicos?"
            -"Si, pero no me afecta"
            -"¿Te diagnosticaron alguna enfermedad?"
            -"Si, pero no tiene nada que ver con mi pesadumbre actual"
            -"¿Te has llevado una decepción de parte de alguien?"
            -"De mucha gente, pero ya me he acostumbrado"
            -"¿Me vas a decir que te ocurre?" Me dijo finalmente.
            Tomé otro sorbo del café frío y sin azúcar, y tras un gesto de asco, le dije:
            -"Bueno, he cometido un crimen" Confesé finalmente.
Pude notar un cambio de actitud en el hombre. Se distanció un poco, cambió un poco su actitud de persona simpática  a una actitud más defensiva.
            -"¿Un crimen?" Me preguntó sorprendido.
            -"Bueno, no es legalmente un crimen" le dije, "pero lo fue para mí".
            -"Pero... ¿se puede saber lo que has hecho?"
            -"Si se puede saber, pero no te lo diré" Le dije.
Hubo un momento de silencio. Se notaba que el hombre se sentía incómodo. Yo pensé en agregarle un poco de azúcar al café, pero en verdad me daba vergüenza el hecho de que él ya me la había ofrecido y yo no le había puesto, así que... no le puse y tomé otro desagradable y amargo sorbo.
            -"¿Eres de por aquí?" Dijo el hombre cambiando de tema.
Yo en verdad sí tenía ganas de decirle lo que había hecho, ¡Ay que tenía ganas!, pero no podía.
            -"Cambiar de tema no me va a alegrar el día" Le dije.
            -"Bueno, ¿y hacer un nuevo amigo tampoco?" me respondió.
            -"Lo único que me puede mejorar sería poder convencer a alguien de que no siga mis pasos. He hecho algo tan horrible, tan cruel, tan despiadado... me está comiendo por dentro." Le dije finalmente. Era la verdad, toda la verdad. Eso era lo que sentía, o más, eso era, ¡eso!
            -"¿Pero es que has atropellado a alguien?" me dijo asustado.
            -"No manejo" le dije.
            -"¿Has torturado a algún animal?" insistió.
            -"He matado a muchas moscas y zancudos, pero fuera de eso nada" le dije.
            -"¿Es que has matado a un bebé ahogándolo con la almohada?"
            -"No me pueden importar menos los bebés, no gastaría mi tiempo ni arriesgaría mi libertad haciendo algo así"
            -"Has robado" dijo finalmente.
            Bueno, no había exactamente robado, pero así lo sentía. No le había achuntado exactamente, pero era algo similar, pero mucho peor. ¡Vaya que era algo peor!.
            -"Parecido, o peor" le dije. ¡Eso le dije!
            -"Le has robado a alguien y... ¿y qué tiene que ver con cómo te sientes ahora?" El hombre estaba muy confundido.
            -"No le he robado a nadie, pero me he aprovechado de un error".
            -"¿Estafaste a alguien entonces?" me dijo.
            Asentí con la cabeza.
Ahí fue cuando el camarero y dueño del local improvisó su gran sermón.
            -"Mira hijo, el mundo en el que vivimos está gobernado bajo un régimen capitalista. ¡Es una selva! Sólo el más despiadado sobrevive en un régimen como este. Uno debe ser firme, aprovecharse cuando puede pero sin llegar a herir a otras personas o salirse de la ley. ¡Mira a los políticos por Dios! No es que sean necesariamente malas personas, pero se encargan de aprovecharse de otros. Es su oficio, y está bien. Es parte del régimen. No sacas nada con estar en contra del régimen si vives en él. Aprende a usarlo para tu beneficio. No estoy diciendo que esté bien estafar, pero no te puedes derrumbar por ello."
            -"Intento convencerme de eso" le dije.
            -"Pero es que debes hacerlo. Porque..." Comenzó a hablar, y a hablar. Debió haber hablado unos cinco minutos seguidos, ya lo había dejado de escuchar.
            Finalmente lo interrumpí y le dije: -"Tu seguramente sabes mucho de esto, ¿no?"
            El hombre quedó sorprendido de mi respuesta. -"No entiendo lo que quieres decir."
            -"Claro que sí" le dije, "eres el jodido dueño de un cyber-café. Debes aprovecharte mucho de tus clientes, debes ser un empresario. Debes pagarle poco a tus empleados, debes tratar bien a tus clientes para que vuelvan y paguen más y más. Estoy seguro que cada vez que me miras, no puedes dejar de ver el símbolo del dólar en mis ojos. Tu alma debe ser un bloque de acero, una pared de cemento, una caja fuerte."
            El hombre me miro horrorizado y dijo: -"Yo sí soy un empresario, pero no soy ningún tirano, ni estafador, ni aprovechador. Sólo soy un hombre que quiso ganar dinero arrendando un local".
            Lo miré con ojos indiferentes, como si no me hubiera llamado nada la atención de lo que había dicho. Luego agregué: -"Supongo que es cierto, mientras no pienses en ello, no te puede atormentar. ¡Qué lástima que yo te haya hecho pensar en ello!"
            Se quedó paralizado; pensando. Quizá sufriendo. ¡Qué sé yo! Esperé unos incómodos 10 segundos, tomé del desagradable café nuevamente y le dije: -"A que te pasan por la cabeza todas las artimañas que hiciste hoy para ganar más dinero".
***
            El dueño del cyber-café quedó perplejo. Ese cliente le había hecho darse cuenta en lo que se había convertido. En un pasado no muy lejano él era una persona ordinaria, un empleado más; pero ahora se había convertido en su propio jefe. Esto le daba muy buenas remuneraciones, pero se dio cuenta por primera vez que nunca estaba satisfecho. Su búsqueda por ganar más dinero siempre le había cerrado sus ojos a su personalidad actual, a ese animal rabioso oculto detrás de su frente y que se fuma los billetes como pasta base: nunca son suficientes y cada vez se quieren en más cantidad y con más intensidad. Luego de 5 años atendiendo, había abierto los ojos. Se había convertido en un tirano, un estafador, un aprovechador, sin darse cuenta.
            Dejó sin despedirse la mesa del cliente, corriendo; de paso derramando lo que le quedaba de café. Se abalanzó sobre la caja registradora, le pegó un puñetazo a los botones para abrir la caja donde guardaba los billetes de forma muy desordenada y sacó un billete de diez mil pesos. Salió del local casi rompiendo la puerta de vidrio y gritó a todo pulmón: -"¡Señora!". Todos en el local voltearon la cabeza. También la gente de la calle detuvo su automatizado caminar por unos segundos mientras duraba el sonido para ver de dónde venía. El dueño había gritado tan fuerte que una flema bastante chillona y hasta chistosa se había escapado durante su grito.
            De todas las personas que se voltearon ante el sonido, había una señora de unos 70 años, con el cabello blanco despeinado, tapado hasta la parte superior de la cabeza con una capucha de lana con franjas naranjas y carmesí. Llevaba un abrigo café muy largo, hasta los tobillos, que nada iba con la personalidad que su cara demostraba. Su atuendo la hacía parecer una persona altiva y soberbia, mientras que su rostro tenía una sumisa sonrisa, muy verdadera y de corazón, como si en verdad estuviera muy tranquila, serena y en definitiva... feliz.
            El dueño se le acercó, se inclinó para estar a su altura y le pasó el billete.
            -"Lo siento" dijo el dueño "usted me ha pagado con este billete un café, y yo le di vuelto como si me hubiera pagado sólo con mil." La señora inclinó la cabeza, sin perder su sonrisa. El dueño prosiguió -"Lo que lamento más es que no fue intencional. Lo hice con maldad, con mucha malicia. La he engañado. He intentado estafarla y me ha funcionado, y no es primera vez que lo hago. Pero ¡ay de mí que será la última! Que me parta un rayo, que le quiebren la espalda a mi madre y a toda mi familia, ¡y a mí! Si es que le estoy mintiendo. ¡He robado! ¡He robado! ¡He robado!"
            La señora tomó el billete sin hacer ningún sonido, y lo guardó con sus débiles manos en su pequeña cartera. Luego, miró al hombre, manteniendo su cara de felicidad y dijo: -"Gracias, buen hombre".
            El dueño se sintió mal. Esperaba que la señora se enojara, que actuara de mala manera. Pero no. Ahí estaba. Serena. Sin perturbarse por nada. Eso era lo peor que le habían hecho.
            -"¡Pero enójese señora! ¡Golpéeme con su cartera! ¡Rómpame la puerta de vidrio! ¡Tenga furia! Por favor, con esa actitud serena que posee no siento como si hubiera enmendado mi error, no me siento conforme, no me siento completo. Encima de todo me califica de... ¿Buen hombre? No, claro que no, absoluta y definitivamente no. No soy nada parecido a eso, ni cercano; ni lejano tampoco, sino que muy, demasiado alejado de esa definición. Soy cruel, soy malvado... soy un estafador."
            -"Una disculpa así no la puede dar un hombre cruel, o malvado, o estafador. Hijo, tranquilo. Yo siempre he dicho que el pecar no es un pecado tan grave. ¿Lo has pensado? Todos somos malvados cuando lo necesitamos, y somos buenos cuando no necesitamos ser malvados. En vez que esperar que te pisoteen en el suelo por tus errores, intenta aprender de ellos, y sacarles provecho". "Que vieja más sabia era esa" pensó el dueño para sus adentros.
            Se separaron y se despidieron. Pasó un segundo y la señora gritó -"¡Ya nos vamos!" El dueño se dio cuenta por primera vez que la señora no andaba sola. ¿Quién la estaría acompañando? Seguramente había escuchado todo lo que habían dicho, así que si era un hombre musculoso vendría y le daría una paliza. Si era un adolescente le rompería todos los vidrios del local. Si era una mujer lo rociaría hasta intoxicarse con un spray de pimienta. Es verdad que le había dicho a la señora que quería que lo golpeara y que le rompiera los vidrios, pero fue en un momento de euforia que ya había pasado. Una ansiedad enrome se apoderó de él, mientras que intentaba, con esfuerzo, ver de dónde se levantaba una persona para ir donde la señora.
            Se levantó un hombre muy grande, muy musculoso de una mesa. "Ay no" pensó el dueño, "me va a dar una paliza". pero el hombre salió del local, ignorando a la señora. No era ese.
            Se levantaron tres adolescentes de una mesa. Tenían peinados curiosos. "Ay no" pensó el dueño, "¡me van a romper todos los cristales!". Pero los adolescentes salieron del local, ignorando a la señora. No eran ellos.
            Se levantó una dama de unos veinticinco años, con un vestido muy apretado. "Ay no" pensó el dueño "me va a rociar con un spray de pimienta o algo así". Pero la mujer salió del local, hablando por teléfono, ignorando a la señora. No era ella.
            Entonces... ¿Con quién andaba la señora?
Al instante siguiente, se levantó el hombre que había estado hablando con el dueño. El hombre que se estaba tomando el café, y lo había hecho abrir los ojos. Caminó hacia afuera del local y se colocó al lado de la señora.
            -¿Nos vamos? Preguntó el hombre. -"Nos vamos" dijo la señora, y ambos salieron a la calle y se perdieron tras la esquina.
            El dueño del local se quedó petrificado mirando a la esquina, con la boca abierta pero sin respirar, mientras sentía cómo se le helaba la sangre.

Alberto García 10/09/2014

4. 100 Palabras: El reloj



              Entró a la fría habitación con su compañero. Lo primero que le llamó la atención fue el reloj digital blanco con números rojos que tenía en la muralla.
               -"¿Qué cuenta ese reloj?" Preguntó ella.
               -"Está contando desde que nací. Veinte años, diez meses, dos semanas, dos días, diecinueve horas, trece minutos y cuarentaisiete segundos". Respondió él.
               Luego, ella miró al reloj rojo que estaba en la otra muralla.
               -"Y ése, ¿qué cuenta?"
               -"Cuánto tiempo queda para morir" Le respondió él.
               -"¿Qué?" reaccionó aterrada ella, "¡Pero solo marca diez segundos!"

               -"No es mi reloj" Dijo él con un tono monótono y sombrío, mientras sacaba una navaja de su bolsillo, y sonreía malévolamente, frunciendo el seño.

Alberto García 23/9/2014


viernes, 27 de junio de 2014

3. Plomo


         Habían ya pasado unas cuatro horas desde que hubiera intentado quedarse dormido. La habitación en la que se encontraba estaba en absoluta penumbra, sin ningún ápice de la mas mínima luminosidad del exterior. No hacía muchos años que Richard Tenshin, de descendencia japonesa pero nacido y educado en Inglaterra, se había cambiado a este barrio. Era un vecindario a las afueras de Londres; unos suburbios cerca de Hockley. Muchos años peleó Richard para poder alejarse un poco de los regímenes de la gran ciudad y poder regocijarse en la tranquilidad de una casa en los suburbios. Sin embargo no estaba funcionando.
            El insomnio era un acontecimiento ya común para él, esa enfermedad que toma esa lucidez vertiginosa que convierte al paraíso en un lugar de tortura y se planta en el subconsciente de alguien como un parásito, y ni la más profunda de las meditaciones ni el más fuerte de los medicamentos había sido capaz de sacarlo de su posición. No importaba cuánto tiempo se oreara la habitación, el aire siempre estaba viciado. No importaba cuán helado estuviera el exterior, siempre hacía un calor insoportable. No importaba cuán silencioso esté el ambiente, siempre se escuchaban sonidos... sonidos aterradores.
            Con los ojos abiertos sobre su almohada, con las sábanas y frazadas arrugados a los pies de la cama, con sudor frío recorriéndole todo el cuerpo, se hallaba Richard, vestido con su delgado pijama de algodón gris, con las manos sobre el estómago. Si bien en la habitación no había ningún otro ruido que el tic tac del reloj, al estar la pieza en oscuridad total Richard era capaz de distinguir sonidos de la naturaleza que rodeaba su hogar. En el aburrimiento de su noche, podía escuchar a las lechuzas, polillas y otros animales nocturnos en el exterior, deleitándose con las maravillas de su mundo post-medianoche. Podía imaginarse las flores iluminadas por las estrellas siendo sutilmente cobijadas con un manto de rocío, generando gotas en las que se reflejaba todo el claro firmamento. Imaginaba como los adoquines del jardín eran invadidos por pequeños habitantes subterráneos que se regocijaban en estas aglomeraciones de humedad. Y sentía como en las ventanas, empañadas con aliento, se gestaban los intentos del inmaculado aire exterior por entrar y purificar la desapacible atmósfera interior. Intentaba consolarse a sí mismo pensando cuánta gente dormía y perdía todo este esplendor. Sin embargo, le era imposible creérselo.
            Enciende el celular para observar la hora y se sorprende al ver que son las cuatro de la madrugada. No había pegado un ojo desde las doce. Intentó, como todas las noches mantener la calma escuchando los hermosos sonidos del mundo exterior, pero no escuchó lo que esperaba escuchar. Opacando el sonido de las aves e insectos, predominaba un sonido diferente, algo que no era habitual. Richard oía pasos.
            Se sentó sobre su cama sólo para comprobar que esos pasos no venían de afuera...
Venían de dentro de su casa.
           
            Se incorporó rápidamente. Aún en la oscuridad, tomó su pistola que siempre guardaba bajo su velador y le colocó el cargador. Abrió cuidadosamente la puerta de su habitación y caminó por el oscuro pasillo hacia la cocina... de donde venían aquellos misteriosos pasos. Esa lenta caminata por el pasillo ha sido una de las cosas más agobiantes de su vida. Con una pistola cargada en la mano, caminando por completa oscuridad para encontrarte con algo desconocido dentro de tu casa a las cuatro de la madrugada, totalmente solo a las afueras de la ciudad. Su pulso se elevó por los aires. Asomó su cabeza a la cocina. Aunque estaba todo oscuro, podía sentir que había alguien ahí; una persona. Podía escuchar cómo se abrían cajones y cajones, mientras él estaba parado ahí. Posteriormente pudo vislumbrar una luz, posiblemente de un celular: el hombre (o mujer) que estaba ahí estaba usando su celular para darse luz y encontrar lo que buscaba. -"Un ladrón" Pensó Richard.
            Tomó un profundo, pero silencioso aliento. Pisó fuerte sobre la cocina, apuntó la pistola hacia la persona y encendió la luz.
            Se le heló la sangre cuando se encontró mirando al cañón de una pistola.
Era un hombre, vestido con ropas cafés y con una bandana negra. Unos guantes negros sostenían una pistola muy parecida a la de Richard. Fueron unos tensos diez segundos donde ambos se apuntaban mutuamente, observándose, pero nadie se atrevía a mover un músculo. Richard no podía dejar de mirar los ojos del otro hombre, impactado. Estaban totalmente serios, sin ninguna clase de expresión; como desafiantes. La luz del bombillo que los iluminaba se reflejaba de un color verde clarísimo, nunca antes visto por Richard. No podía ser más intimidante. Era la mirada de un asesino. Una mirada que lo atravesaba hasta el alma, y le causaba un escalofrío que descendía por toda su columna. Este tipo no estaba jugando ningún juego, esa mirada no era normal.
            Con ambas pistolas fijas en su sitio, Richard tomó la iniciativa de iniciar una conversación. -"¿Qué haces en mi casa?" Preguntó con la mayor seriedad e inexpresión que pudo haber modulado. El hombre misterioso hizo silencio. -"Te he hecho una pregunta". Insistió Richard. -"Y yo no te la he respondido". Dijo el hombre. Richard se sorprendió de forma violenta, definitivamente no era la respuesta que esperaba. -"¿Acaso vienes a robarme?" Preguntó una vez más. El hombre, aún inexpresivo respondió: -"No, vengo a plantar flores". El intenso sarcasmo del hombre intimidó más aún a Richard. Decidió en ese momento intentar hacerse el sabio y demostrar la mayor seguridad posible en sí mismo.
            -"No estoy de humor para que vengas a mi casa a robarme y además a molestarme".
            -"Perdón, -respondió el hombre- la próxima vez me aseguraré de que no estés en casa para no molestarte".
            Richard miró la chaqueta café del hombre de reojo y observó que tenía la bandera de Estados Unidos. -"¿Así que un gringo en Inglaterra... robando? Yo pensaba que los gringos siempre eran los buenos."
            -"Se encargan de hacer esa propaganda muy bien" respondió el hombre.
            -"¿La armada?" -"No, -dijo secamente el hombre- estoy por mi cuenta".
            -"¿Un delincuente de la calle? ¿Un pordiosero cualquiera?" Richard dudaba mucho en su mente antes de pronunciar todas estas palabras de su boca, pero sabía internamente que no podía mostrarse más débil que él.
            -"¿Te parezco un delincuente de la calle?" Dijo el hombre. -"No me das mucho de donde comparar". Respondió Richard, quien quedó totalmente atónito con la siguiente palabra del hombre: -"Exacto".
            Este tipo no solo era un delincuente con una habilidad discursiva muy desarrollada, sino que había pensado hasta en su forma de vestir para ofrecer la menor evidencia posible de cualquier aspecto. La bandera de Estados Unidos fue expuesta intencionalmente para que yo le preguntara sobre ello y él poder guiar la conversación. Este tipo era un genio.
            -"Sin embargo tú no eres un habitante cualquiera" dijo el hombre. Richard escuchó lo que tenía que decir el hombre. -"Vi tus premios de karate al entrar a la casa. Seguramente debes tener cierta maestría. Es una lástima que en más de diez campeonatos, sin embargo, no hayas obtenido ningún primer lugar. Creí que los asiáticos eran mejores para todo." Richard podía notar como su moral disminuía, hasta el punto de querer descontrolarse y abalanzarse sobre ese hombre.
            Se retomó el silencio por un par de segundos. Cuando Richard estaba intentando recuperar su compostura, sin embargo, se percató de algo. El marcador de las balas de su pistola estaba totalmente arriba: el cargador estaba vacío. Con lo apresurado de su salida de la habitación, no se tomó ni siquiera el tiempo de corroborar que su cargador estuviera debidamente cargado. El resultado: estaba en frente de un asesino veloz de mente con una pistola para asustar.
            Se concedió un tiempo para pensar, a pesar de lo difícil que le era concentrarse con esos ojos observándolo. Sin embargo, en esos ojos encontró la respuesta. Era cosa de que se desviara su atención un segundo para poder abalanzarse sobre él y desarmarlo, gracias a sus conocimientos de karate. Ingenió un plan donde le comentaría sobre algo que él no poseía. Quizá decir "¿Y qué hay con letras coreanas al costado de tus pantalones? ¿Qué significan?" El hombre posteriormente afirmaría que no hay letras coreanas a un lado de su pantalón. En ese momento, Richard insistiría y el hombre miraría sus pantalones a ver a qué se refiere. Desde ahí, todo sería muy rápido.
            Richard tomó aliento.
            -"¿Qué significan esas letras coreanas al lado de tu pantalón?"
            -"¿¡ME CREES UN IMBÉCIL!?" Gritó el hombre con una voz gravísima y muy rugosa. Había predicho todo el plan de Richard en menos de un segundo. Aquí, Richard encontró otra acción que estaba llevando a cabo el hombre: había mantenido el volumen de su voz bajísimo todo el tiempo. Ahora, al gritar, sus palabras tuvieron una repercusión devastadora en Richard: lo hicieron estremecerse y comenzar a temblar. El miedo consumía a Richard.
            -"¿En serio? ¿Eso es todo? ¿Fallar y ya? ¿No es hora entonces de que te suicides o algo así antes de perder tu honor Asiático de mierda?" -"¿Y no es hora de que vayas a invadir algún país para robarse su petróleo gringo de mierda?" respondió rápidamente Richard. El hombre se quedó completamente callado. Punto para Richard... o al menos eso pensó.
            -"Deberías tenerle más respeto a un hombre con un arma" dijo el hombre, "sobre todo si la tuya no tiene munición". Richard respiró sorprendido, y no pudo evitar que un -"Ah.." saliera de su boca. El hombre rió.
            -"¿Qué intentas? -preguntó Richard- ¿Tú crees que habría venido hasta aquí sólo para asustarte con una pistola sin munición?" -"No lo hubiera creído posible, daba por sentado que eras mucho más inteligente de lo que me has demostrado". La capacidad discursiva de este hombre desconcertaba cada vez más a Richard. Este ladrón era un auténtico genio.
            -"¿Buscas algo en especial?" Preguntó Richard. -"Te sugiero que no me cambies de tema y me digas de una vez por todas un sólo motivo para no matarte en este momento."
            -"Los vecinos escucharían" Dijo Richard, arrepintiéndose al segundo de haberlo dicho.
            -"¿Vecinos? Vives a centenares de metros de la casa más cercana. Vamos, puedes hacerlo mejor que eso".
            -"Irías a la cárcel"
            -"Me decepcionas, Richard. Yo aseguraba que esto iba a ser un desafío, pero has resultado ser una de mis víctimas más débiles."
            Richard pensó por un segundo y se le ocurrió una idea. Era extremadamente arriesgado, pero en esta situación, no pudo pensar en otra cosa.
            -"No hay razón para que no me dispares, pero no puedes hacerlo". El hombre levantó una ceja. -"Exactamente -continuó Richard- no tienes ninguna razón para dejarme vivir. Con el plomo de la muerte podrías arrancarme los sesos a dentelladas, pero no lo has hecho aún. Es símbolo de que no puedes hacerlo. Tú tampoco tienes munición." El hombre miró a Richard unos cinco segundos. Luego, dejó caer al piso su pistola.
            -"Debería aplaudirte. Sí eres tal como te pintaban. De temperamento fuerte e inquebrantable. Pero aún no te das cuenta de quién soy."
            ¿Cuenta de quién es? ¿Porqué debería Richard conocer a ese hombre? ¿Se había topado alguna vez con él? ¿Habían compartido en alguna circunstancia?
            -"Richard, no pelees. Sé todo sobre ti. Hemos compartido innumerables horas cada noche. Si no lo has podido descifrar aún, te informo que yo soy cada una de las gotas de sudor que creas cada noche, soy cada uno de los parpadeos que te inducen a pensar que estás en otro lugar, soy cada una de las respiraciones de ese aire de mierda que respiras en tu habitación, soy todos y cada uno de los sonidos del exterior de tu alcoba, soy cada monstruo bajo tu cama y tras tu cortina peleando por poder alcanzarte y robar tus pensamientos, soy cada pensamiento, cada novela, cada retrato que corre por tu cabeza a altas horas de la madrugada, Richard. Yo soy tu malestar, yo soy la causa de tu tortura cada santo día; yo soy tu insomnio."
            Richard mantuvo silencio.
            -"¿No logras entenderlo? Soy totalmente inofensivo. ¡Tú me has creado! ¡Todo lo que soy, lo soy gracias a ti! Cada grito de tu maestro de karate, cada dedo apuntándote, a tus ojos, desde que llegaste a este mundo... me he estado formando para convertirme en lo que soy desde la primera vez que miraste televisión. Cada medicamento sólo me ayuda a fortificarme, ya que tu mismo deseo, ese desesperado deseo tuyo de que cada droga sea efectiva me ayuda a destruirla. Richard, no me combatas más."
            Richard estaba atónito. -"Que... qué quieres de mí" tartamudeó.
            -"No hay mejor forma de pelear contra el insomnio que olvidarte de él. ¡Olvídalo todo! Yo estoy finalmente completo. Han sido unas hermosas décadas que me has regalado, y hoy, estoy dispuesto a dejarte. Sólo debes ir y dormir. Todo está en tu mente, Richard".
            Richard retrocedió lentamente. No podía creer lo que estaba ocurriendo. En el camino a su cama, ese camino que antes recordó como una de las experiencias más agobiantes de su vida entera, logró decodificar lo que era esa criatura. Cada vez que Richard peleaba contra algo, un ápice recesivo de un recuerdo se depositaba en su subconsciente. Años de exigencias, discriminaciones y durezas habían transformado su mente en un manojo de atrocidades feroces, dispuestas a mantenerlo en vela por décadas. Cada vez que Richard intentaba resolver el problema, más grande se hacía, más problemas causaba, más dinero le costaba y más tiempo consumía.
            Entró a su habitación como nunca antes había entrado. No estaba temblando, no tenía miedo de dormir. Se acostó sobre su cama. Ya no se acobijó con mortajas, pero con sábanas. Apoyó su cabeza no sobre un caldero, pero sobre una cómoda almohada de pluma. El roce de sus manos no eran el de lijas, eran el de unas acolchadas texturas suaves y delicadas. Richard estaba totalmente apacible. Era una noche perfecta. A medida que sus ojos se iban cerrando con total autonomía, los sonidos exteriores se silenciaron, el aire se convirtió en una apacible brisa de verano, a un clima tan agradable como el de estar acostado sobre el césped, bajo el cálido resplandor de un sol primaveral. Sus dolencias desaparecieron, al igual que sus problemas. Richard sonrió, y en menos de un minuto, cayó profundamente dormido.

            Los primeros rayos del sol atravesaban de manera hermosa la habitación. Era un espectáculo de luces impresionante. Las hojas de los árboles se mecían al son del viento, haciendo bailar a los rayos de sol dentro de la habitación. Richard abrió los ojos. Se sentó en su cama. Se restregó los ojos y se estiró como nunca antes. Era una mañana perfecta. Miró su reloj: las once de la mañana. Si bien no había podido dormir mucho tiempo (unas 7 horas y media) se sentía totalmente vivo, revitalizado.
            Su estómago cruje. Con los ojos entrecerrados y con una sonrisa jamás antes dibujada sobre su rostro, sale de su habitación, disponiéndose a tomar desayuno.
            Sin embargo, se quedó quieto en la puerta. Su casa estaba vacía.
            No quedaba ningún mueble. Habían cuadrados de colores donde estaban los cuadros, círculos sin suciedad donde estaban los trofeos. Todos los cajones abiertos.
Lo único que quedaba en la casa eran dos cajas de pastillas para dormir en el piso de la cocina.

            -"Gringo de mierda" Dijo Richard.

Alberto García 21/06/2014

miércoles, 25 de junio de 2014

8. Cotidiano Snuff



Si te pido que te calles te callas
¿Si te pido que te mueras te mueres?
En aquel oscuro pasillo osas
declararte a la vida y la muerte

Huido, prófugo de un cuadro de botero
Mientras la ardiente sombra del diablo
te acobija y como un sombrero
resquebraja los rayos del cielo

Duerme para siempre en el abismo infinito
y dame la satisfacción de vivir tranquilito
Solito, calientito, alejado del maldito
Aquel que cultiva la demencia y los ritos

Suicida, homicida, sociópata desquiciado
Abandonado, derrotado. Ni tu alma ha quedado
En corredores de tu mente abundan
las imágenes muertas de una falsedad inmunda

Ni tus ojos se atreven a mirar lo que miras
pero yo te ordeno que mirar.
Apenas controlas lo que dices
y yo lo intento controlar

Aparece el sol, sobresale y se desvanece
sigues paralizado, inmóvil, inerte
Realidades falsas deseas concretar
Y la mentira en que vives hacerla verdad

Respira hondo del tanque de la vida
porque no volverás a respirar.
Cierra los ojos mientras termina
aquello que no quieres mirar.

Alberto García 20/06/14

sábado, 21 de junio de 2014

7. Desde Aquí


Que tonto fui, que iluso
A subir sin ti me rehúso
y ahora pienso en tu perdón

Hasta aquellas cosas que te obligue
es una pena, mis manos no tocan
violín que no suena, ilusión rota

Perdóname, escúchame
Quiero besarte y no tengo boca
Quiero amarte y no tengo corazón
Quiero matarme y no tengo vida
un suspiro en tu oído bastaría
Pero no te lo puedo decir, desde aquí arriba

Alberto García 2 noviembre 2013

COMENTARIO: Para variar un poco, un poema un tanto des-estructurado y de menor extensión de lo que suelo hacer. Sin embargo, el tema no es extraño en mis obras: la impotencia. He aquí un hombre que se arrepiente de no haberle pedido perdón a su amor antes de morir, presuntamente por una muerte inesperada. Posteriormente, expresa su dolor al no poder reivindicarse. Este poema es una invitación a intentar mantener siempre las relaciones, ya sea de parejas, de amigos o familia, lo más inocuas posibles. Nunca se sabe cuando algo pueda ocurrir, o algo puedas decir en un momento donde arrepentirse ya no es una opción.

jueves, 22 de mayo de 2014

6. No Queda Humanidad


Los tres cerebros más inteligentes en un solo lugar
Frente a las cámaras y luces, un debate ejemplar
De los labios del presentador la pregunta se hace escuchar
¿Qué objeto destruirían para destruir la humanidad?

El primero se levanta, arreglándose el traje
para levantarse con tanta prestancia hace falta coraje
Lardeó con su terno; y de un alto linaje
sería la respuesta, el comentario, el mensaje

"El desarrollo es la base de todo
las comunicaciones además, son el modo
de que este desarrollo se ejecute sin problemas
y los poetas sigan haciendo poemas"

Ensordecedores aplausos sobrecogen al señor
Críticas de envidiosos para hacerlo peor
Comentarios de amigos para hacerlo mejor
Una gota de cianuro reposa sobre una flor

El segundo se levanta con lirios viejos en la cabeza
Los surcos de sus manos manchados de cerveza
Su tez demuestra sensación de tristeza
Prueba de que todo no lo puede la riqueza


"Para destruir la humanidad hace falta ligereza
si se destruye la seguridad se elimina la defensa
la naturaleza salvaje del ser humano
Florecería cual rito suicida pagano"

Ensordecedores aplausos sobrecogen al señor
Críticas de envidiosos para hacerlo peor
Comentarios de amigos para hacerlo mejor
Dos gotas de cianuro reposan sobre una flor

Se levanta el tercero sin ninguna clase de alarde
Sin ningún traje elegante que su posición respalde
Una sola palabra dice, una sola palabra dirá
Y que esta palabra todo lo contiene y todo lo contendrá

"Nada"

El impacto de los espectadores aún seguirá
Que un amargo recuerdo siempre los vestirá
Muy erudito el tercer hombre será

Porque la humanidad está jodida tal como está

Alberto García 20/05/2014

COMENTARIO: He aquí un poema tipo reflexivo-cómico. En verdad no hay mucho que decir de él. Juntan a los 3 cerebros más inteligentes de la tierra en una especie de programa de televisión para preguntar qué objeto o cosa eliminarían para destruir a la humanidad. Mientras que los dos primeros comienzan a elaborar complejas teorías fundamentadas sólo por su "pedigree" de científicos, el último, sin toda la prestancia del resto, ofrece una respuesta inesperada, ingeniosa y directa que deja perplejos a todos. La interpretación del cianuro y la flor me la dejo para mí ;)

martes, 29 de abril de 2014

2. La oficina






            Eran las 18:58 del día jueves. Sobre los apretados cubículos de la oficina se escuchaban un sinnúmero de tecleos como gotas de lluvia precipitándose contra un techo de lata. El agradable calor de cada uno de los ordenadores donde todas estas criaturas trabajaban sin descanso formaba el aire denso que se hallaba dentro de las oficinas. Cientos de ojos apuntando a sus pantallas mientras el constante redoble de tambores imprimía sus pensamientos en el papel tras la pantalla conformaban el paisaje.
            Enzo trabajaba hace diez años en el cubículo 00347-A, ese que quedaba a la derecha del 00346-Z y a la izquierda del 00347-B. El código de empleado de Enzo era M097452-0906DB-00347-A. El M097452 indicaba: si era hombre o mujer y qué número de empleado era desde el primero. El segundo, indicaba el tipo de contrato que tenía. DB significa que tenía el plan DB, encargado de hacer los reportes sobre los reportes que confeccionan los empleados clase DA, y que lo trabajaba 9 horas al día, 6 días a la semana. El 00347-A era en qué cubículo tenía asignado trabajar.
            Él tenía muy decorado su cubículo, muy a su gusto. Todo el resto de los cubículos tenían una pared color verde opaco, desteñido, pero Enzo no. Él lo mandó a pintar de un colorido verde opaco. Sobre su escritorio, tenía un hermoso retrato de un cubo gris. El archivero de metal ubicado a la entrada del cubículo, ese que le dificultaba la abertura de la puerta al entrar, estaba lleno de sus cosas favoritas: carpetas llenas hasta el borde con análisis sobre el nivel de gasto de la empresa, informes de avance de las tesis y proyectos de los empleados más nuevos, como el M097425-0906DF-00350-C o M097418-1007DF-00374-J. El basurero, una malla gris con un fondo cuadrado de madera pintada de negro estaba vacío. No era aceptado que los empleados tuvieran basura en sus basureros, ya que la basura es algo intolerable. Si se genera basura, no debe permanecer dentro del edificio y debe ser arrojado por el ducto específico para ello tras la puerta para salir del cubículo organizados con sencillas etiquetas: basura, desperdicios, desechos, objetos que su jefe ordenó que desecharan, basura-B y porquería. Incluso, tenían un hermoso uniforme: una chaqueta, corbata y camisa grises, con un pantalón gris. Debían usar también unos coloridos guantes grises. Lo que lo hacía mejor aún, era que los viernes eran casuales, y podían venir con una corbata un poco más gris que el resto de los días. ¡Imagina las posibilidades! Mientras tecleaba, su celular vibraba una y otra vez cuando le llegaban el sinnúmero de formularios que debía llenar cada media hora para medir su avance con respecto a la media hora anterior. Por esto y mucho más, Enzo adoraba su trabajo.
            De pronto, el continuo y monótono ruido de las teclas se vio interrumpido por un sonido estridente y muy agudo. Enzo despegó por primera vez en 9 horas su mirada de la pantalla y observó el cuadrado reloj negro de la pared. Habían dado la campana de las 19:00, era hora de irse a casa. El flujo constante de mensajes de internet, la innumerable cantidad de memos recogidos y almacenados por orden alfabético en su bandeja de entrada... todo se detuvo de golpe. El sonido que inundaba la oficina ya no era ni de teclas ni de timbres, sino del fuerte TIC TAC del reloj quien esperaba ansioso a los trabajadores del turno siguiente. Enzo se levantó de su cómoda silla ergonómicamente diseñada para no dañarle la espalda y se dirigió a la verde y opaca puerta recorrida por dos placas metálicas. Tomó el picaporte y lo giró suavemente. Abrió la puerta y salió por ella. Cerró la puerta tras de sí, escuchando aún el martilleo del reloj. Se detuvo un instante. No estaba viendo el pasillo.
            Estaba viendo el interior de su cubículo.
            Le echó la culpa al cansancio. Supuso que su mente le había jugado un truco, y que nunca salió realmente de su cubículo. Volvió a abrir la puerta y volvió a salir. Grande fue su sorpresa cuando la puerta se atascó con el archivero... del otro lado de la puerta. Asomó su cabeza y para su horror, ahí estaba su cubículo nuevamente. Se escurrió por la puerta. Para su beneficio, la empresa tenía un sistema para mantener a sus empleados en buena forma y delgados: no les daba comida. Gracias a esto, Enzo pudo pasar por la puerta y entrar nuevamente a su cubículo. Miró alrededor en busca de respuestas. Su mirada se posó en el reloj, cuyo sonido cada vez se escuchaba más monótono y molesto. Le sorprendió ver que el segundero se movía una vez hacia adelante y una vez hacia atrás. Una vez hacia adelante y una vez hacia atrás. Una vez hacia adelante y una vez hacia atrás. TIC. Eran las 19:00 con un segundo. TAC. Eran las 19:00 en punto. TIC. Eran las 19:00 con un segundo. TAC. Eran las 19:00 en punto. Encontró este acontecimiento extrañísimo. El empleado F097670-0607KS-01032-A era la encargada de chequear cada uno de los 1235 relojes repartidos por el edificio cada 37 minutos manteniéndolos revisados, en buen estado, con baterías y limpios.
            Enzo volvió a pasar por la puerta. Esta vez se asustó de verdad. No solo volvió a entrar en su cubículo, pero esta vez había una persona tecleando en su silla. Podía notar que era su cubículo. Era obvio que ese color verde opaco era diferente al de todo el resto de los cubículos del mismo color. Además, su retrato de un cubo gris era diferente a todos los retratos de cubo gris que tenían todo el resto de los empleados. ¡Era notoriamente más gris! Se acercó al hombre tras dar un paso. -"¿Qué haces en mi cubículo?" Le preguntó al extraño hombre. Éste no se inmutó, y siguió tecleando a la velocidad de la luz con los ojos totalmente pegados a la pantalla. Enzo fue y le tocó el hombro. El hombre dejó de teclear súbitamente. Miró hacia Enzo girando sólo la cabeza, dejando su cuerpo estático. Tenía la cara pálida y arrugada, unos ojos serios, el seño fruncido y la boca recta. Como una bala, el hombre se paró y salió corriendo del cubículo. Enzo quedó unos 4 TIC y unos 3 TAC del reloj ahí parado intentando procesar lo que había ocurrido.
            Miró al asiento y se encontró con una tarjeta rectangular gris, como la que él tenía para identificarse. La información era más o menos así:
___________________________________________
Nombre completo: BoB
N° de empleado: M000001-2407AA-00001-A
Trabaja hace: siempre ha trabajado
Nivel de lucidez: Crítico, código rojo
Comentario: debe ser encontrado cuanto antes. F000286-0106AB-00136-B lo ha descubierto mirando por la ventana. Ante la menor señal de avistamiento, debe ser eliminado inmediatamente.
_________________________________________________
            ¡Qué afortunado! ¡Este hombre trabajaba 24 horas al día, los 7 días de la semana! Pensó. Pero todo su éxtasis se convirtió en odio cuando leyó el comentario. Enzo no lo podía creer. Se quedó atónito leyendo el cartón. A ese hombre lo estaban buscando. Toda la compañía estaba en su búsqueda para matarlo. Él había estado junto a él, lo había incluso tocado y... no lo mató. ¿Cómo era posible? Por primera vez había desconocido una orden de la empresa y había actuado por inercia propia. Le dio una extraña sensación en la columna vertebral, como si la temperatura descendiera. -"No". Se decía a sí mismo. Había defraudado a la empresa. Tenía que matar a ese hombre.
            Recorrió rápidamente las puertas. Entraba a su cubículo, y volvía entrar a su cubículo, y no podía salir. Abría una puerta, otra, otra, otra, otra, nuevamente, otra vez, y volvía a entrar en su cubículo. Y volvía a entrar en su cubículo. Finalmente, se quiso dar por vencido. Se arrojó a las grises baldosas del piso. Cerró los ojos. Y...
Sintió una corriente fría por debajo de la puerta.
            Se levantó rápidamente y la abrió. Entró nuevamente a su cubículo, pero esta vez... había una ventana en una de las murallas. Enzo se sorprendió. Era totalmente extraño. Parecía incluso como si estuviera superpuesta, como si no fuera real. Se quedó paralizado por unos 6 TIC y unos 7 TAC. Miró también que sobre su escritorio había una tarjeta. Era su tarjeta de empleado.
            Se dio cuenta que nunca se había dado el tiempo de leerla, así que la tomó y vio que decía.
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Nombre completo: Enzo
N° de empleado: M097452-0906DB-00347-A
Trabaja hace: 10 años
Nivel de lucidez: Bajo, mantener vigilado
Comentario: Su nivel de lucidez se ha mantenido en nulo por diez años. Sin embargo, el pasado miércoles dejó de teclear por 8.32 segundos para mirar al reloj. Otros sujetos similares no han presentado problemas, pero se recomienda vigilancia.
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            Miró a la ventana. Vio agua cayendo del cielo, generando un sonido contra la ventana similar al sonido que hacían las teclas. Miró su tarjeta nuevamente.
Nivel de lucidez: Medio, mantener constante vigilancia
            Miró nuevamente a la ventana. Observó qué tan alto estaba, y cómo, a lo lejos, se veían calles que conducían a aburridas casas de todos los colores: rojo, amarillo, verde claro y colorido... Sus ojos se depositaron en su tarjeta.
Nivel de lucidez: Alto, enviar seguridad
            Escuchó pasos viniendo fuerte a través de la puerta, pero no le importó. El TIC TAC del reloj aún se escuchaba, pero ya poco le importaba. Era primera vez en su vida que recordaba haber visto algo a más de dos metros de distancia. De pronto, tras la ventana, el agua dejó de caer y... cayendo desde el cielo, se formó un espectro luminoso. Una luz que inundó todo el cubículo. Enzo estaba mirando por primera vez un arcoíris. Miró su tarjeta una última vez.
Nivel de lucidez: Crítico, código rojo
            Mierda, se dijo a sí mismo. Sentía una curiosidad mortal por ver lo que había al otro lado. Quería comprobar y conocer con sus ojos y el resto de sus no usados sentidos qué era lo que había experimentado a través de esa ventana. Abrió la ventana.
Sacó la mitad del cuerpo.
Iba a saltar 100 pisos hacia el suelo.
...
No.
Se detuvo y volvió a entrar. No podía saltar así nada más, tenía que investigar primero qué era eso que había visto. Quizá afuera no habrían computadores a los que recurrir para resolver sus dudas y estaría destinado al desconocimiento eterno. No podía permitírselo. Salió por la puerta del cubículo para entrar a él nuevamente. Se había atenuado un poco el sonido de los pasos. Se sentó en el computador a buscar todo lo que podía. Tecleaba, y tecleaba, y tecleaba, como nunca antes había tecleado en su vida. Quería saberlo, quería averiguar qué era lo que había al otro lado. Los pasos de los guardias se hacían más fuertes, por lo que volvió a salir por la puerta, entró nuevamente a su cubículo y se puso a investigar nuevamente. Escuchó las pisadas de los guardias mucho más cerca, por lo que volvió a salir por la puerta y siguió investigando. Escuchó las pisadas de los guardias mucho más cerca, por lo que volvió a salir por la puerta y siguió investigando. Luego, escuchó las pisadas de los guardias mucho más cerca, por lo que volvió a salir por la puerta y siguió investigando. Posteriormente, escuchó las pisadas de los guardias mucho más cerca, por lo que volvió a salir por la puerta y siguió investigando...
            Había ya pasado 1 año desde que su travesía por su cubículo no paraba. El reloj seguía mostrando las 19:00 con un segundo y las 19:00 en punto. No había podido descubrir nada sobre aquella ventana. Su hermoso traje gris estaba hecho pedazos, al igual que sus zapatos, sus pantalones y el resto de las prendas. A pesar del asiento ergonómico, su espalda estaba por reventar.
Se rindió.
Enzo se negó a seguir buscando información, decidió que era hora de salir por esa ventana. Pero... ¿dónde estaba la ventana? Había entrado una y otra vez a su cubículo por un año, y no había vuelto a ver la ventana. No... era imposible... había malgastado un año de trabajo. Enzo cayó en la más gris de las desesperaciones. Nunca había gritado más fuerte. Sus destruidos dedos fatigados por el incesante tecleo fueron su herramienta para arrancarse los cabellos de la cabeza, mientras que sus incontrolados movimientos en el piso precipitaron al suelo el computador, el retrato y el archivero. El cubículo era un desastre. Fueron unos 10 TIC y unos 9 TAC de paz, cuando Enzo vislumbró un afilado pedazo de metal que se había desprendido del archivero. Lo tomó rápidamente y se lo enterró en el estómago. Se lo arrancó. Aún podía respirar. Se lo volvió a enterrar. Aún se sentía vivo. Se lo enterró nuevamente, esta vez en el pecho. No tuvo la fuerza suficiente para arrancárselo esta vez, y lentamente, Enzo cerró los ojos.
            De pronto, Enzo se sintió revitalizado. Fue como si toda la vitalidad que no había tenido en estos once años fuera recobrada de golpe. Abrió los ojos y se encontró nuevamente en su cubículo, tendido en el piso. Estaba todo ordenado, limpio, y funcionando. El reloj marcaba las 19:01. Enzo se levantó y se sentó en su silla feliz de descubrir que le quedaba mucho trabajo por hacer. Miró su tarjeta por última vez:
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Nombre completo: A quién le importa
N° de empleado: 9375927174917108574239359292389235935e982038508
Trabajó: 11 años
Nivel de lucidez: ya no importa
Comentario: Como todos los demás
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            Se relajó en su silla ergonómica, estiró sus dedos y se dispuso feliz a trabajar para siempre, ya que esa tortuosa etapa de la vida ya había concluido.


Alberto García 20/4/2014