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"Yo
no tengo la culpa de que la vida se nutra de la virtud y del pecado, de lo
hermoso y de lo feo"
Benito
Pérez Galdos
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Que
atroz era este sentimiento. Era como si estuviera viviendo fuera de mí, como si
toda la realidad que me rodeaba fuera un sueño; una pesadilla, mas bien.
Colores y figuras daban vueltas a mi alrededor, mientras yo, mareado, luchaba
por mantenerme siquiera de pie. Caminaba rápido por las calles oscuras. Unos 10
minutos habían pasado desde el atardecer, y esto generaba ese cielo mezclado
con tintes anaranjados, rojos y azules que tan siniestra hacían parecer a la
ciudad. Las calles estaban atestadas de gente, gente que caminaba en línea
recta; no como yo. Yo zigzagueaba por la vereda, golpeando a gente con maletas
y maletines, quienes me tomaban por una persona borracha, me hacían a un lado
con la mano y decían -"¡oye! Ten cuidado, imbécil".
Vi a mi derecha un cyber-café, y entré. Abrí la puerta de
vidrio y me senté torpemente en la primera silla de la que pude afirmarme. La
delicada silla casi sucumbe ante la descomunal fuerza con la que me senté, pero
sólo se deslizó un poco hacia atrás mientras yo caía como un muñeco de trapo de
ochenta kilos. Me incliné hacia adelante, puse ambos codos en la mesa y me
comencé a restregar los ojos con los dedos; ¡cómo me dolía la cabeza! No habían
pasado dos minutos cuando sentí una voz. En ese momento no sabía si era de una
mujer hombrada o de un hombre afeminado.
-"¿Se va a servir
algo?".
Yo ni siquiera la (o lo)
miré. Seguía restregándome la cara con las manos.
-"S... Si". Le
dije tartamudeando (sabes que estás muy jodido cuando no puedes ni siquiera
decir "si" correctamente).
-"Tenemos el combo de
una taza de café con una rebanada de..." -"¡Si!" -la interrumpí-
"sí, eso mismo solo... tráigame eso." Le dije. No había escuchado
absolutamente nada de lo que dijo. Podría haberme ofrecido cualquier cosa y yo
le hubiera dicho que sí. Podría haberme preguntado que sabor de torta quería y
le hubiera dicho que sí.
-"Em... claro...
volveré en seguida" dijo la voz, y escuché unos pasos alejándose.
La temperatura dentro del café era agradable. Sentía un
calor que venía de mi derecha, pero no había abierto los ojos como para saber
si venía de una calefacción o de la cocina, o de otra fuente. Hubo un instante
donde me puse a escuchar el sonido del reloj. ¿Estaba acaso roto? Nunca había
escuchado un tic tac tan rápido. Estaba demasiado acelerado. Era como si
estuviera marcando medios segundos. Como si tuviera furia. Saqué mi celular y
lo desbloqueé. Por primera vez abrí mis ojos, sólo para ver el reloj del
celular, y para darme cuenta de que los segundos iban igual de rápido. Mi
percepción del tiempo estaba totalmente distorsionada.
-"Aquí tiene señor" Me sobresalté. ¿Habían
pasado ya dos minutos? ¡Pero si le acababa de decir que si hace nada! De todas formas,
me di cuenta que había comenzado a quedarme dormido. Vi como dejó la tasa de
café junto a una rebanada de algo; parecía una torta de manjar de mil hojas.
Por primera vez vi a la persona, y resultó ser un hombre. Debía medir un metro
setenta, tenía una camisa a cuadros negra con una camiseta blanca. Tenía el
cabello alborotado, pero curiosamente se veía peinado. Quizá era una especie de
moda europea.
-"Aquí tiene azúcar y
endulzante, si necesita". Dijo mientras me pasaba una tabla con un jarro
metálico, una caja de pastillas de sucralosa y una botellita de gotas de
stevia. Su voz ya no parecía tan afeminada como percibí en un comienzo, quizá
había sido solo parte de mi inestabilidad mental al momento de ingresar al
café.
-"Gracias" le
dije. Y el hombre se fue. Intenté tomar la tasa, pero mi mano temblaba con
tanta intensidad que me fue imposible levantarla (si lo hacía, habría derramado
más de la mitad del café sobre la mesa y mi ropa). Luego intenté tomar la
cuchara. La levanté, la sumergí en el café, y la moví hacia mi boca sólo para
darme cuenta que la cuchara ya estaba vacía; se me había caído todo en el
trayecto. Miré a la mesa y estaba embarrada con café. Intenté sacar unas
servilletas del centro de la mesa, pero las saqué todas. Luego, cuando intenté
devolverlas se me cayó la cajita de metal donde estaban metidas, haciendo un
estruendoso ruido y dejando la mitad de las servilletas desparramadas por el
piso y la mesa. Luego, tiré las servilletas que me quedaban en la mano sobre
las manchas de café y me dispuse a tomar otra cucharada. Tomé la cuchara, la
sumergí en el café y me la llevé a la boca. Un dolor horrible me golpeó,
mientras el café hirviendo me quemó los labios y la lengua. Tiré la cuchara y
escupí el café sobre la tasa. Me llevé las manos a la boca unos 10 segundos, y
luego decidí comerme la rebanada de torta; estaba deliciosa. Puse los codos
sobre la mesa y me llevé las manos a la cara. Nuevamente comencé a quedarme
dormido.
-"Oye, ¿te sientes bien? Estas muy pálido". La
voz provenía del hombre que me estaba atendiendo. -"Tenemos agua de
hierbas, si necesitas".
-"No, no, estoy bien" le mentí,
"gracias".
-"Hombre, ¡no se puede diferenciar una hoja de papel
de tu piel! No me conviene tener clientes enfermos en mi local, hace más denso el
ambiente para los otros clientes. Dime, ¿qué anda mal?"
-"¿En mi local?" le pregunté, "¿eres el
dueño?".
-"Así es" Dijo, "y no me gusta tener
clientes tristes, enfermos o decaídos. Anda, ¿quieres hablar?"
Miré hacia el lado. -"No" le dije.
Tomé la tasa de café para
tomar un sorbo. Esta vez sí llegue a la boca, pero el café estaba frío y sin
azúcar. ¡Qué desagradable!
-"¡Vamos hombre!" Insistió el dueño, mientras
acercaba una silla de la mesa adyacente hacia mi mesa. -"¿Te hace sufrir
una mujer?"
Titubeé unos segundos, y le dije -"Si, pero no por
amor".
-"Entonces, ¿qué ocurre? ¿Has perdido a
alguien?"
-"Si, pero no recientemente"
-"¿Tienes problemas económicos?"
-"Si, pero no me afecta"
-"¿Te diagnosticaron alguna enfermedad?"
-"Si, pero no tiene nada que ver con mi pesadumbre
actual"
-"¿Te has llevado una decepción de parte de
alguien?"
-"De mucha gente, pero ya me he acostumbrado"
-"¿Me vas a decir que te ocurre?" Me dijo
finalmente.
Tomé otro sorbo del café frío y sin azúcar, y tras un
gesto de asco, le dije:
-"Bueno, he cometido un crimen" Confesé
finalmente.
Pude notar un cambio de
actitud en el hombre. Se distanció un poco, cambió un poco su actitud de
persona simpática a una actitud más
defensiva.
-"¿Un crimen?" Me preguntó sorprendido.
-"Bueno, no es legalmente un crimen" le dije,
"pero lo fue para mí".
-"Pero... ¿se puede saber lo que has hecho?"
-"Si se puede saber, pero no te lo diré" Le
dije.
Hubo un momento de
silencio. Se notaba que el hombre se sentía incómodo. Yo pensé en agregarle un
poco de azúcar al café, pero en verdad me daba vergüenza el hecho de que él ya
me la había ofrecido y yo no le había puesto, así que... no le puse y tomé otro
desagradable y amargo sorbo.
-"¿Eres de por aquí?" Dijo el hombre cambiando
de tema.
Yo en verdad sí tenía
ganas de decirle lo que había hecho, ¡Ay que tenía ganas!, pero no podía.
-"Cambiar de tema no me va a alegrar el día" Le
dije.
-"Bueno, ¿y hacer un nuevo amigo tampoco?" me
respondió.
-"Lo único que me puede mejorar sería poder
convencer a alguien de que no siga mis pasos. He hecho algo tan horrible, tan
cruel, tan despiadado... me está comiendo por dentro." Le dije finalmente.
Era la verdad, toda la verdad. Eso era lo que sentía, o más, eso era, ¡eso!
-"¿Pero es que has atropellado a alguien?" me
dijo asustado.
-"No manejo" le dije.
-"¿Has torturado a algún animal?" insistió.
-"He matado a muchas moscas y zancudos, pero fuera
de eso nada" le dije.
-"¿Es que has matado a un bebé ahogándolo con la
almohada?"
-"No me pueden importar menos los bebés, no gastaría
mi tiempo ni arriesgaría mi libertad haciendo algo así"
-"Has robado" dijo finalmente.
Bueno, no había exactamente robado, pero así lo sentía.
No le había achuntado exactamente, pero era algo similar, pero mucho peor.
¡Vaya que era algo peor!.
-"Parecido, o peor" le dije. ¡Eso le dije!
-"Le has robado a alguien y... ¿y qué tiene que ver
con cómo te sientes ahora?" El hombre estaba muy confundido.
-"No le he robado a nadie, pero me he aprovechado de
un error".
-"¿Estafaste a alguien entonces?" me dijo.
Asentí con la cabeza.
Ahí fue cuando el camarero
y dueño del local improvisó su gran sermón.
-"Mira hijo, el mundo en el que vivimos está
gobernado bajo un régimen capitalista. ¡Es una selva! Sólo el más despiadado
sobrevive en un régimen como este. Uno debe ser firme, aprovecharse cuando
puede pero sin llegar a herir a otras personas o salirse de la ley. ¡Mira a los
políticos por Dios! No es que sean necesariamente malas personas, pero se
encargan de aprovecharse de otros. Es su oficio, y está bien. Es parte del
régimen. No sacas nada con estar en contra del régimen si vives en él. Aprende
a usarlo para tu beneficio. No estoy diciendo que esté bien estafar, pero no te
puedes derrumbar por ello."
-"Intento convencerme de eso" le dije.
-"Pero es que debes hacerlo. Porque..." Comenzó
a hablar, y a hablar. Debió haber hablado unos cinco minutos seguidos, ya lo
había dejado de escuchar.
Finalmente lo interrumpí y le dije: -"Tu seguramente
sabes mucho de esto, ¿no?"
El hombre quedó sorprendido de mi respuesta. -"No
entiendo lo que quieres decir."
-"Claro que sí" le dije, "eres el jodido
dueño de un cyber-café. Debes aprovecharte mucho de tus clientes, debes ser un
empresario. Debes pagarle poco a tus empleados, debes tratar bien a tus
clientes para que vuelvan y paguen más y más. Estoy seguro que cada vez que me
miras, no puedes dejar de ver el símbolo del dólar en mis ojos. Tu alma debe
ser un bloque de acero, una pared de cemento, una caja fuerte."
El hombre me miro horrorizado y dijo: -"Yo sí soy un
empresario, pero no soy ningún tirano, ni estafador, ni aprovechador. Sólo soy
un hombre que quiso ganar dinero arrendando un local".
Lo miré con ojos indiferentes, como si no me hubiera
llamado nada la atención de lo que había dicho. Luego agregué: -"Supongo
que es cierto, mientras no pienses en ello, no te puede atormentar. ¡Qué
lástima que yo te haya hecho pensar en ello!"
Se quedó paralizado; pensando. Quizá sufriendo. ¡Qué sé
yo! Esperé unos incómodos 10 segundos, tomé del desagradable café nuevamente y
le dije: -"A que te pasan por la cabeza todas las artimañas que hiciste
hoy para ganar más dinero".
***
El dueño del cyber-café quedó perplejo. Ese cliente le
había hecho darse cuenta en lo que se había convertido. En un pasado no muy
lejano él era una persona ordinaria, un empleado más; pero ahora se había
convertido en su propio jefe. Esto le daba muy buenas remuneraciones, pero se
dio cuenta por primera vez que nunca estaba satisfecho. Su búsqueda por ganar
más dinero siempre le había cerrado sus ojos a su personalidad actual, a ese
animal rabioso oculto detrás de su frente y que se fuma los billetes como pasta
base: nunca son suficientes y cada vez se quieren en más cantidad y con más
intensidad. Luego de 5 años atendiendo, había abierto los ojos. Se había
convertido en un tirano, un estafador, un aprovechador, sin darse cuenta.
Dejó sin despedirse la mesa del cliente, corriendo; de
paso derramando lo que le quedaba de café. Se abalanzó sobre la caja
registradora, le pegó un puñetazo a los botones para abrir la caja donde
guardaba los billetes de forma muy desordenada y sacó un billete de diez mil
pesos. Salió del local casi rompiendo la puerta de vidrio y gritó a todo
pulmón: -"¡Señora!". Todos en el local voltearon la cabeza. También
la gente de la calle detuvo su automatizado caminar por unos segundos mientras
duraba el sonido para ver de dónde venía. El dueño había gritado tan fuerte que
una flema bastante chillona y hasta chistosa se había escapado durante su
grito.
De todas las personas que se voltearon ante el sonido,
había una señora de unos 70 años, con el cabello blanco despeinado, tapado
hasta la parte superior de la cabeza con una capucha de lana con franjas
naranjas y carmesí. Llevaba un abrigo café muy largo, hasta los tobillos, que
nada iba con la personalidad que su cara demostraba. Su atuendo la hacía
parecer una persona altiva y soberbia, mientras que su rostro tenía una sumisa
sonrisa, muy verdadera y de corazón, como si en verdad estuviera muy tranquila,
serena y en definitiva... feliz.
El dueño se le acercó, se inclinó para estar a su altura
y le pasó el billete.
-"Lo siento" dijo el dueño "usted me ha
pagado con este billete un café, y yo le di vuelto como si me hubiera pagado sólo
con mil." La señora inclinó la cabeza, sin perder su sonrisa. El dueño
prosiguió -"Lo que lamento más es que no fue intencional. Lo hice con
maldad, con mucha malicia. La he engañado. He intentado estafarla y me ha
funcionado, y no es primera vez que lo hago. Pero ¡ay de mí que será la última!
Que me parta un rayo, que le quiebren la espalda a mi madre y a toda mi
familia, ¡y a mí! Si es que le estoy mintiendo. ¡He robado! ¡He robado! ¡He
robado!"
La señora tomó el billete sin hacer ningún sonido, y lo
guardó con sus débiles manos en su pequeña cartera. Luego, miró al hombre,
manteniendo su cara de felicidad y dijo: -"Gracias, buen hombre".
El dueño se sintió mal. Esperaba que la señora se
enojara, que actuara de mala manera. Pero no. Ahí estaba. Serena. Sin
perturbarse por nada. Eso era lo peor que le habían hecho.
-"¡Pero enójese señora! ¡Golpéeme con su cartera!
¡Rómpame la puerta de vidrio! ¡Tenga furia! Por favor, con esa actitud serena
que posee no siento como si hubiera enmendado mi error, no me siento conforme,
no me siento completo. Encima de todo me califica de... ¿Buen hombre? No, claro
que no, absoluta y definitivamente no. No soy nada parecido a eso, ni cercano;
ni lejano tampoco, sino que muy, demasiado alejado de esa definición. Soy cruel,
soy malvado... soy un estafador."
-"Una disculpa así no la puede dar un hombre cruel,
o malvado, o estafador. Hijo, tranquilo. Yo siempre he dicho que el pecar no es
un pecado tan grave. ¿Lo has pensado? Todos somos malvados cuando lo
necesitamos, y somos buenos cuando no necesitamos ser malvados. En vez que
esperar que te pisoteen en el suelo por tus errores, intenta aprender de ellos,
y sacarles provecho". "Que vieja más sabia era esa" pensó el
dueño para sus adentros.
Se separaron y se despidieron. Pasó un segundo y la
señora gritó -"¡Ya nos vamos!" El dueño se dio cuenta por primera vez
que la señora no andaba sola. ¿Quién la estaría acompañando? Seguramente había
escuchado todo lo que habían dicho, así que si era un hombre musculoso vendría
y le daría una paliza. Si era un adolescente le rompería todos los vidrios del
local. Si era una mujer lo rociaría hasta intoxicarse con un spray de pimienta.
Es verdad que le había dicho a la señora que quería que lo golpeara y que le
rompiera los vidrios, pero fue en un momento de euforia que ya había pasado.
Una ansiedad enrome se apoderó de él, mientras que intentaba, con esfuerzo, ver
de dónde se levantaba una persona para ir donde la señora.
Se levantó un hombre muy grande, muy musculoso de una
mesa. "Ay no" pensó el dueño, "me va a dar una paliza".
pero el hombre salió del local, ignorando a la señora. No era ese.
Se levantaron tres adolescentes de una mesa. Tenían
peinados curiosos. "Ay no" pensó el dueño, "¡me van a romper
todos los cristales!". Pero los adolescentes salieron del local, ignorando
a la señora. No eran ellos.
Se levantó una dama de unos veinticinco años, con un
vestido muy apretado. "Ay no" pensó el dueño "me va a rociar con
un spray de pimienta o algo así". Pero la mujer salió del local, hablando
por teléfono, ignorando a la señora. No era ella.
Entonces... ¿Con quién andaba la señora?
Al instante siguiente, se
levantó el hombre que había estado hablando con el dueño. El hombre que se
estaba tomando el café, y lo había hecho abrir los ojos. Caminó hacia afuera
del local y se colocó al lado de la señora.
-¿Nos vamos? Preguntó el hombre. -"Nos vamos"
dijo la señora, y ambos salieron a la calle y se perdieron tras la esquina.
El dueño del local se quedó petrificado mirando a la
esquina, con la boca abierta pero sin respirar, mientras sentía cómo se le
helaba la sangre.
Alberto García 10/09/2014
Alberto García 10/09/2014




